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15 abril 2015
19 octubre 2014
Cortázar ilustrado por Juan Martin Biafora @Martinbiafora
En torno al festejo del aniversario número 100 de Julio Cortázar, la cuenta de @cortazario estuvo muy activa y entre tanta actividad, propuestas y contenidos de los usuarios quede sorprendida con un tuit que publico el usuario @Martinbiafora el cual incluía una ilustración que me pareció muy hermosa:
Me dejo llevar por las emociones y lo que me transmitió la ilustración fue más allá de dar un simple vistazo y continuar leyendo el siguiente tuit. Es nuestro Julio en su máxima expresión rodeado de todos los Cronopios, las Famas y Esperanzas, de todos los personajes, de todos sus libros, poemas, cuentos, de toda su creación; además de su mirada penetrante que extiende su mano a su universo Cortazariano.
Tanto me gusto que conteste el tuit de Martin para preguntarle si la ilustración era de él, me dijo que si y me compartió su página en Facebook donde tiene otras ilustraciones inspiradas en la obra de Julio; las mire detenidamente y me encantaron, más que nada por lo que logra transmitir con ellas.
Nuevamente lo contacte a fin de que me compartiera algunas de sus ilustraciones y me contara acerca de él y el por qué de inspirarse en Julio para crear su arte; como resultado me envió un correo electrónico muy preciso y completo el cual pego a continuación, lo hago de esta manera para no romper el encanto de su redacción: (sic)
Mi nombre es Juan Martin Biafora, tengo 26 años y soy nacido en una pequeña ciudad la cual cuenta con un poco mas de 30.000 habitantes llamada Pehuajó , en el interior de la Provincia de Buenos Aires, Argentina a unos 500km de la capital.Soy estudiante de Artes Visuales en la ciudad de La Plata actualmente.Mi apego ( casi obsesion) por Julio Cortazar empezó hace ya unos años, y lleva otros tantos de gestacion y admiracion en continua evolucion.De chiquito me gustaba mucho leer pero claramente, por la edad , no estaba en condiciones de leer un libro de Julio.Todo esto cambio hace unos años, ya con otra maduracion, quedé (como la mayoria de los lectores quedó) alucinado, impresionado,superado por la escritura (y ni que hablar de las emociones trasnmitidas) que lei en Rayuela.Comenzé entonces a sumergirme en este maravilloso mundo de Julio para no volver atras y, sin querer, di con gente, en mi mismo pueblo, que supo recordar que este buen hombre; este monstruo de las letras, este artista de la imaginacion, no era un ser que bajo desde el cielo o fue creado por algunos otros seres mitologicos o divinos (aunque todavia varias veces me lo cuestione cada vez que leo alguna y cada una de sus obras).Este hombre hace unos cuantos años, cuando aun no era ¨Julio Cortazar el escritor de rayuela¨, era un humilde Profesor que se habia venido hacia el interior de Argentina en busqueda de tranquilidad y daba clases en las escuelas rurales de Bolivar (una ciudad apenas a 100km de mi ciudad natal)dando por resultado que mas de un abuelo (y no tan abuelos) en mi ciudad, coincidia que se lo solia ver haciendo dedo en la ruta, con su guardapolvo para dar clases, tal como despues, comprobe que el mismo escribio en algunas de sus memorias.Enterarme de todo esto aun para mi, lo subio a una escala a una mayor...practicamente paso a ser un semidios.Tenia la combinacion de este monstruo artistico, con la humildad de un tipo al que solo le interesa vivir con lo necesario, sin lujos, dando clases en escuelas rurales, haciendo dedo en la ruta para que alguien lo alcanzara mientras aprovechaba al resto de su tiempo,( como bien lo explica en las instrucciones para darle cuerda a un reloj) inviertiendolo de lleno en su escritura, en su bienestar, en lo que sabia hacer, en su arte....basicamente en si mismo...porque claramente ahi estaba su riqueza, en su felicidad (Cosa que hoy la gente no logra ver demasiado)Desde entonces no dejo de soñar e imaginar que tal vez ,alguna de todas esas letras que hoy leemos y releemos de sus textos, tal vez, (ojala) surgio en la cabeza de aquel Julio cerca de donde naci y me crei,detras un ciudadano comun y corriente como cualquier otro habitante del pueblo.Esto tiene que alimentar a todos los que realmente sentimos el arte, para desmitificar los prejuicios que consigo este lleva; para realmente romper las cadenas y poder hacer lo que sentimos, lo que nos gusta, lo que amamos y entonces asi, si poder ver los frutos!Es para mi un gran ejemplo sobre el completo significado de la palabra pasion, (muy lejos de intentar ponerme ni siquiera 10 escalones por debajo de Julio) la accion de invertir su tiempo en hacer lo que mas le gustaba,en escribir y escribir y escribir...guarda similitud a la eleccion y rumbo que hoy por hoy le di a mi vida.Me vine solo a 500 km de mi ciudad a explorar mas el mundo artistico,a crecer,a nutrirme, a ojala poder mejorar y de pasada, mostrar lo que hago , y hacerles saber que soy feliz haciendolo.Todo esto que aca nombro es lo que alguna vez, en algun momento Julio volcó y eso mismo, lo que hoy todos recibimos en forma de papel con un poco de tinta, pero que sin dudas ya no es solo un poco de papel y u poco de tinta; ahi existio el trabajo de alguien, la inversion de tiempo de alguien, la pasion y el corazon de alguien que es lo que hoy reconocemos como el inmenso legado irrepetible que es Cortazar;hasta si analizaramos lo mas basico, Es impresionante ver una y otra vez , que escribio frases y citas, en sus libros,que describen todos y cada uno de los momentos o instantes precisos de nuestras vidas milimetricamente, repito, absolutamente todos.Esta admiracion ya no se podia contener dentro de mi por lo que se ha disparado en forma de ilustraciones las cuales nunca va a poder devolver lo que este hombre nos dejo,nunca fueron pensadas asi porque ni 100 ni 1000 ni 10.000 Martines puedes devolver lo que Julio nos dejo, pero si tal vez reavivar las llamas y que a muchisimas personas mas se les enciendan estas 2 hermosas pasiones:El Arte y Cortazar!Muchisimas gracias por la difusion de mis dibujos, de corazon!Desde La Plata, Buenos Aires, Argentina, los saluda a uds muy atentamente y con mucho cariños.
Juan Martin Biafora
Como se habrán dado cuenta era imposible tratar de resumir o editar estas palabras tan urdidas de pasión sincera, él autor mismo relata lo que estaba en mi interés saber desde un inicio. ¡Qué maravilla encontrar a gente apasionada!
De igual manera me compartió algunas de sus ilustraciones, mismas que dejo a continuación y a su criterio, pues el arte (contenido o no) es subjetivo a nuestras experiencias.
Hay una magia maravillosa en estas ilustraciones que envuelven al espectador; Sin duda Martin es otro nadador de ríos metafísicos.
Para saber más del ilustrador les dejo sus links:
Twitter ~ @Martinbiafora
Facebook ~ https://www.facebook.com/JuanMartinBiafora
06 septiembre 2014
Una flor amarilla - Julio Cortázar
Una flor amarilla
(Final del juego, 1956)
(Final del juego, 1956)
Parece una broma, pero somos
inmortales. Lo sé por la negativa, lo sé porque conozco al único
mortal. Me contó su historia en un bistró de la rue Cambronne, tan
borracho que no le costaba nada decir la verdad aunque el patrón y los
viejos clientes del mostrador se rieran hasta que el vino se les salía
por los ojos. A mí debió verme algún interés pintado en la cara,
porque se me apiló firme y acabamos dándonos el lujo de la mesa en un
rincón donde se podía beber y hablar en paz. Me contó que era jubilado
de la municipalidad y que su mujer se había vuelto con sus padres por una
temporada, un modo como otro cualquiera de admitir que lo había
abandonado. Era un tipo nada viejo y nada ignorante, de cara reseca y ojos
tuberculosos. Realmente bebía para olvidar, y lo proclamaba a partir del
quinto vaso de tinto. No le sentí ese olor que es la firma de París pero
que al parecer sólo olemos los extranjeros. Y tenía las uñas cuidadas,
y nada de caspa.
Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se pretendía —como ahora— explicarlo.
Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio que le daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta esa fortaleza de fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales.
—Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo y me toca a mí, en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio... Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el autobús. Creo que ya se lo dije, fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era eso y se acabó. Pero después empezaron las dudas, por que en esos casos uno se trata de imbécil o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas una por una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había razón para dudar. Lo que le voy a decir es lo que más risa les da a esos imbéciles, cuando a veces se me ocurre contarles. Luc no solamente era yo otra vez, sino que iba a ser como yo, como este pobre infeliz que le habla. No había más que verlo jugar, verlo caerse siempre mal, torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos sentimientos a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo le cuentan a uno cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose de vergüenza, las intimidades más increíbles, las anécdotas del primer diente, los dibujos de los ocho años, las enfermedades... La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para llegar a un fin de mes. No me costó ningún trabajo conocer el pasado de Luc, bastaba intercalar preguntas entre los temas que interesaban a los viejos: el reumatismo del tío, las maldades de la portera, la política. Así fui conociendo la infancia de Luc entre jaques al rey y reflexiones sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue cumpliendo infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí el sarampión me había durado quince días mientras que a Luc lo habían curado en cuatro, los progresos de la medicina y cosas por el estilo. Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, porque no podrá encontrar se nunca con la verdad en un autobús; pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, ¿no?.
Yo me daba cuenta, pero opiné que en la infancia todos tenemos enfermedades típicas a plazo fijo, y que casi todos nos rompemos alguna cosa jugando al fútbol.
—Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo, que Luc se pareciera a mí no tenía importancia, aunque sí la tuvo para la revelación en el autobús. Lo verdaderamente importante eran las secuencias, y eso es difícil de explicar porque tocan al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia. En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había pasado por una época amarga que empezó con una enfermedad interminable, después en plena convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí un brazo, y apenas había salido de eso me enamoré de la hermana de un condiscípulo y sufrí como se sufre cuando se es incapaz de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno. Luc se enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y al bajar de las graderías resbaló y se dislocó un tobillo. Poco después su madre lo sorprendió una tarde llorando al lado de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un pañuelo que no era de la casa.
Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías. Pero admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión con hélice a resorte, que él había traído para su cumpleaños.
—Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre me había regalado a los catorce años, y de lo que me pasó. Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle. Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando volví, la caja del Meccano había desaparecido y la puerta estaba abierta. Gritando desesperado corrí a la calle donde ya no se veía a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en el chalet de enfrente. Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba recordando mientras le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la misma felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme una taza de café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos un grito. Luc había corrido a la ventana como si quisiera tirarse al vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos de lágrimas, alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su vuelo, pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. «No se lo ve más, no se lo ve más», repetía llorando. Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende, ahora? Sí, mejor nos tomamos otra copa.
Después, como yo me callaba, el hombre dijo que había empezado a pensar solamente en Luc, en la suerte de Luc. Su madre lo destinaba a una escuela de artes y oficios, para que modestamente se abriera lo que ella llamaba su camino en la vida, pero ese camino ya estaba abierto y solamente él, que no hubiera podido hablar sin que lo tomaran por loco y lo separaran para siempre de Luc, podía decirle a la madre y al tío que todo era inútil, que cualquier cosa que hicieran el resultado sería el mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos, los fracasos que van royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida, en un bistró de barrio. Pero lo peor de todo no era el destino de Luc; lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a su vez en la rueda. Luc ya casi no le importaba; de noche, su insomnio se proyectaba más allá hasta otro Luc, hasta otros que se llamarían Robert o Claude o Michel, una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. El hombre tenía el vino triste, no había nada que hacerle.
—Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc murió unos meses después, son demasiado estúpidos para entender que... Sí, no se ponga usted también a mirarme con esos ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie de bronquitis, así como a esa misma edad yo había tenido una infección hepática. A mí me internaron en el hospital, pero la madre de Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi todos los días, y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. Había tanta miseria en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a que yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé de una farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por admitirme como enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como ésa, donde el médico entra y sale sin mayor interés, nadie se fija mucho si los síntomas finales coinciden del todo con el primer diagnóstico... ¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté bien?
No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura del vino. Muy al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del pobre Luc venía a demostrar que cualquiera dado a la imaginación puede empezar un fantaseo en un autobús 95 y terminarlo al lado de la cama donde se está muriendo calladamente un niño. Para tranquilizarlo, se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver a hablar.
—Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro sentí por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad. Todavía iba cada tanto a visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete de bizcochos, pero poco me importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier hora, repitiendo hasta lo último el destino de algún desconocido muerto vaya a saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría muerto de verdad, sin un Luc que entrara en la rueda para repetir estúpidamente una estúpida vida. Comprenda esa plenitud, viejo, envídieme tanta felicidad mientras duró.
Porque, al parecer, no había durado. El bistró y el vino barato lo probaban, y esos ojos donde brillaba una fiebre que no era del cuerpo. Y sin embargo había vivido algunos meses saboreando cada momento de su mediocridad cotidiana, de su fracaso conyugal, de su ruina a los cincuenta años, seguro de su mortalidad inalienable. Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor.
—Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término mino, bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarlo irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra...
Pagué.
Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se pretendía —como ahora— explicarlo.
Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio que le daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta esa fortaleza de fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales.
—Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo y me toca a mí, en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio... Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el autobús. Creo que ya se lo dije, fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era eso y se acabó. Pero después empezaron las dudas, por que en esos casos uno se trata de imbécil o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas una por una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había razón para dudar. Lo que le voy a decir es lo que más risa les da a esos imbéciles, cuando a veces se me ocurre contarles. Luc no solamente era yo otra vez, sino que iba a ser como yo, como este pobre infeliz que le habla. No había más que verlo jugar, verlo caerse siempre mal, torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos sentimientos a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo le cuentan a uno cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose de vergüenza, las intimidades más increíbles, las anécdotas del primer diente, los dibujos de los ocho años, las enfermedades... La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para llegar a un fin de mes. No me costó ningún trabajo conocer el pasado de Luc, bastaba intercalar preguntas entre los temas que interesaban a los viejos: el reumatismo del tío, las maldades de la portera, la política. Así fui conociendo la infancia de Luc entre jaques al rey y reflexiones sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue cumpliendo infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí el sarampión me había durado quince días mientras que a Luc lo habían curado en cuatro, los progresos de la medicina y cosas por el estilo. Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, porque no podrá encontrar se nunca con la verdad en un autobús; pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, ¿no?.
Yo me daba cuenta, pero opiné que en la infancia todos tenemos enfermedades típicas a plazo fijo, y que casi todos nos rompemos alguna cosa jugando al fútbol.
—Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo, que Luc se pareciera a mí no tenía importancia, aunque sí la tuvo para la revelación en el autobús. Lo verdaderamente importante eran las secuencias, y eso es difícil de explicar porque tocan al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia. En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había pasado por una época amarga que empezó con una enfermedad interminable, después en plena convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí un brazo, y apenas había salido de eso me enamoré de la hermana de un condiscípulo y sufrí como se sufre cuando se es incapaz de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno. Luc se enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y al bajar de las graderías resbaló y se dislocó un tobillo. Poco después su madre lo sorprendió una tarde llorando al lado de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un pañuelo que no era de la casa.
Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías. Pero admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión con hélice a resorte, que él había traído para su cumpleaños.
—Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre me había regalado a los catorce años, y de lo que me pasó. Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle. Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando volví, la caja del Meccano había desaparecido y la puerta estaba abierta. Gritando desesperado corrí a la calle donde ya no se veía a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en el chalet de enfrente. Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba recordando mientras le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la misma felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme una taza de café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos un grito. Luc había corrido a la ventana como si quisiera tirarse al vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos de lágrimas, alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su vuelo, pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. «No se lo ve más, no se lo ve más», repetía llorando. Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende, ahora? Sí, mejor nos tomamos otra copa.
Después, como yo me callaba, el hombre dijo que había empezado a pensar solamente en Luc, en la suerte de Luc. Su madre lo destinaba a una escuela de artes y oficios, para que modestamente se abriera lo que ella llamaba su camino en la vida, pero ese camino ya estaba abierto y solamente él, que no hubiera podido hablar sin que lo tomaran por loco y lo separaran para siempre de Luc, podía decirle a la madre y al tío que todo era inútil, que cualquier cosa que hicieran el resultado sería el mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos, los fracasos que van royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida, en un bistró de barrio. Pero lo peor de todo no era el destino de Luc; lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a su vez en la rueda. Luc ya casi no le importaba; de noche, su insomnio se proyectaba más allá hasta otro Luc, hasta otros que se llamarían Robert o Claude o Michel, una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. El hombre tenía el vino triste, no había nada que hacerle.
—Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc murió unos meses después, son demasiado estúpidos para entender que... Sí, no se ponga usted también a mirarme con esos ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie de bronquitis, así como a esa misma edad yo había tenido una infección hepática. A mí me internaron en el hospital, pero la madre de Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi todos los días, y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. Había tanta miseria en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a que yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé de una farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por admitirme como enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como ésa, donde el médico entra y sale sin mayor interés, nadie se fija mucho si los síntomas finales coinciden del todo con el primer diagnóstico... ¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté bien?
No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura del vino. Muy al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del pobre Luc venía a demostrar que cualquiera dado a la imaginación puede empezar un fantaseo en un autobús 95 y terminarlo al lado de la cama donde se está muriendo calladamente un niño. Para tranquilizarlo, se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver a hablar.
—Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro sentí por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad. Todavía iba cada tanto a visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete de bizcochos, pero poco me importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier hora, repitiendo hasta lo último el destino de algún desconocido muerto vaya a saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría muerto de verdad, sin un Luc que entrara en la rueda para repetir estúpidamente una estúpida vida. Comprenda esa plenitud, viejo, envídieme tanta felicidad mientras duró.
Porque, al parecer, no había durado. El bistró y el vino barato lo probaban, y esos ojos donde brillaba una fiebre que no era del cuerpo. Y sin embargo había vivido algunos meses saboreando cada momento de su mediocridad cotidiana, de su fracaso conyugal, de su ruina a los cincuenta años, seguro de su mortalidad inalienable. Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor.
—Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término mino, bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarlo irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra...
Pagué.
30 agosto 2014
El Río - Julio Cortázar
El río, es un relato de Julio Cortázar incluído en su libro Final del Juego, publicado en 1956.
Entre los muchos de mis cuentos favoritos de Julio destaca este...
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De Final de Juego
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.
Entre los muchos de mis cuentos favoritos de Julio destaca este...
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El
Río
Por
Julio CortazarDe Final de Juego
Y
sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué
cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de
plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad
o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque
hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del
otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia
abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te
has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además
no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente,
pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche
antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido
diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido
miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome,
y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño,
como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo
llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más,
para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido,
hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias
de los que se han ahogado de veras.
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.
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24 septiembre 2013
Lejana - Julio Cortázar
Diario de Alina Reyes
12 de enero
Anoche fue otra vez, yo tan cansada de
pulseras y farándulas, de pink champagne y la cara de Renato Viñes, oh
esa cara de foca balbuceante, de retrato de Dorian Gray a lo último. Me
acosté con gusto a bombón de menta, al Boogie del Banco Rojo, a mamá
bostezada y cenicienta (como queda ella a la vuelta de las fiestas,
cenicienta y durmiéndose, pescado enormísimo y tan no ella.)
Nora que dice dormirse con luz, con
bulla, entre las urgidas crónicas de su hermana a medio desvestir. Qué
felices son, yo apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de lo
diurno y moviente, quiero dormir y soy una horrible campana resonando,
una ola, la cadena que Rex arrastra toda la noche contra los ligustros.
Now I lay me down to sleep… Tengo que repetir versos, o el sistema de
buscar palabras con a, después con a y e, con las cinco vocales, con
cuatro. Con dos y una consonante (ala, ola), con tres consonantes y una
vocal (tras, gris) y otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su
polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. Con
tres y tres alternadas, cábala, laguna, animal; Ulises, ráfaga, reposo.
Así paso horas: de cuatro, de tres y
dos, y más tarde palindromas. Los fáciles, salta Lenin el Atlas; amigo,
no gima; los más difíciles y hermosos, átate, demoniaco Caín o me
delata; Anás usó tu auto Susana. O los preciosos anagramas: Salvador
Dalí, Avida Dollars; Alina Reyes, es la reina y… Tan hermoso, éste,
porque abre un camino, porque no concluye. Porque la reina y…
No, horrible. Horrible porque abre
camino a esta que no es la reina, y que otra vez odio de noche. A esa
que es Alina Reyes pero no la reina del anagrama; que será cualquier
cosa, mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en
Quetzaltenango, cualquier lado lejos y no reina. Pero sí Alina Reyes y
por eso anoche fue otra vez, sentirla y el odio.
20 de enero
A veces sé que tiene frío, que sufre,
que le pegan. Puedo solamente odiarla tanto, aborrecer las manos que la
tiran al suelo y también a ella, a ella todavía más porque le pegan,
porque soy yo y le pegan. Ah, no me desespera tanto cuando estoy
durmiendo o corto un vestido o son las horas de recibo de mamá y yo
sirvo el té a la señora de Regules o al chico de los Rivas. Entonces me
importa menos, es un poco cosa personal, yo conmigo; la siento más dueña
de su infortunio, lejos y sola pero dueña. Que sufra, que se hiele; yo
aguanto desde aquí, y creo que entonces la ayudo un poco. Como hacer
vendas para un soldado que todavía no ha sido herido y sentir eso de
grato, que se le está aliviando desde antes, previsoramente.
Que sufra. Le doy un beso a la señora de
Regules, el té al chico de los Rivas, y me reservo para resistir por
dentro. Me digo: «Ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la nieve
me entra por los zapatos rotos». No es que sienta nada. Sé solamente que
es así, que en algún lado cruzo un puente en el instante mismo (pero no
sé si es el instante mismo) en que el chico de los Rivas me acepta el
té y pone su mejor cara de tarado. Y aguanto bien porque estoy sola
entre esas gentes sin sentido, y no me desespera tanto. Nora se quedó
anoche como tonta, dijo: «¿Pero qué te pasa?». Le pasaba a aquella, a mí
tan lejos. Algo horrible debió pasarle, le pegaban o se sentía enferma y
justamente cuando Nora iba a cantar a Fauré y yo en el piano, mirándolo
tan feliz a Luis María acodado en la cola que le hacía como un marco,
él mirándome contento con cara de perrito, esperando oír los arpegios,
los dos tan cerca y tan queriéndonos. Así es peor, cuando conozco algo
nuevo sobre ella y justo estoy bailando con Luis María, besándolo o
solamente cerca de Luis María. Porque a mí, a la lejana, no la quieren.
Es la parte que no quieren y cómo no me va a desgarrar por dentro sentir
que me pegan o la nieve me entra por los zapatos cuando Luis María
baila conmigo y su mano en la cintura me va subiendo como un calor a
mediodía, un sabor a naranjas fuertes o tacuaras chicoteadas, y a ella
le pegan y es imposible resistir y entonces tengo que decirle a Luis
María que no estoy bien, que es la humedad, humedad entre esa nieve que
no siento, que no siento y me está entrando por los zapatos.
25 de enero
Claro, vino Nora a verme y fue la
escena. «M’hijita, la última vez que te pido que me acompañes al piano.
Hicimos un papelón». Qué sabía yo de papelones, la acompañé como pude,
me acuerdo que la oía con sordina. Votre âme est un paysage choisi… pero
me veía las manos entre las teclas y parecía que tocaban bien, que
acompañaban honestamente a Nora. Luis María también me miró las manos,
el pobrecito, yo creo que era porque no se animaba a mirarme la cara.
Debo ponerme tan rara.
Pobre Norita, que la acompañe otra.
(Esto parece cada vez más un castigo, ahora sólo me conozco allá cuando
voy a ser feliz, cuando soy feliz, cuando Nora canta Fauré me conozco
allá y no queda más que el odio).
Noche
A veces es ternura, una súbita y
necesaria ternura hacia la que no es reina y anda por ahí. Me gustaría
mandarle un telegrama, encomiendas, saber que sus hijos están bien o que
no tiene hijos -porque yo creo que allá no tengo hijos- y necesita
confortación, lástima, caramelos. Anoche me dormí confabulando mensajes,
puntos de reunión. Estaré jueves stop espérame puente. ¿Qué puente?
Idea que vuelve como vuelve Budapest donde habrá tanto puente y nieve
que rezuma. Entonces me enderecé rígida en la cama y casi aúllo, casi
corro a despertar a mamá, a morderla para que se despertara. Nada más
que por pensar. Todavía no es fácil decirlo. Nada más que por pensar que
yo podría irme ahora mismo a Budapest, si realmente se me antojara. O a
Jujuy, a Quetzaltenango. (Volví a buscar estos nombres páginas atrás).
No valen, igual sería decir Tres Arroyos, Kobe, Florida al
cuatrocientos. Sólo queda Budapest porque allí es el frío, allí me pegan
y me ultrajan. Allí (lo he soñado, no es más que un sueño, pero cómo
adhiere y se insinúa hacia la vigilia) hay alguien que se llama Rod -o
Erod, o Rodo- y él me pega y yo lo amo, no sé si lo amo pero me dejo
pegar, eso vuelve de día en día, entonces es seguro que lo amo.
Más tarde
Mentira. Soñé a Rod o lo hice con una
imagen cualquiera de sueño, ya usada y a tiro. No hay Rod, a mí me han
de castigar allá, pero quién sabe si es un hombre, una madre furiosa,
una soledad.
Ir a buscarme. Decirle a Luis María:
«Casémonos y me llevas a Budapest, a un puente donde hay nieve y
alguien». Yo digo: ¿y si estoy? (Porque todo lo pienso con la secreta
ventaja de no querer creerlo a fondo. ¿Y si estoy?). Bueno, si estoy…
Pero solamente loca, solamente… ¡Qué luna de miel!
28 de enero
Pensé una cosa curiosa. Hace tres días
que no me viene nada de la lejana. Tal vez ahora no le pegan, o no pudo
conseguir abrigo. Mandarle un telegrama, unas medias… Pensé una cosa
curiosa. Llegaba a la terrible ciudad y era de tarde, tarde verdosa y
ácuea como no son nunca las tardes si no se las ayuda pensándolas. Por
el lado de la Dobrina Stana, en la perspectiva Skorda, caballos erizados
de estalagmitas y polizontes rígidos, hogazas humeantes y flecos de
viento ensoberbeciendo las ventanas Andar por la Dobrina con paso de
turista, el mapa en el bolsillo de mi sastre azul (con ese frío y
dejarme el abrigo en el Burglos), hasta una plaza contra el río, casi en
encima del río tronante de hielos rotos y barcazas y algún martín
pescador que allá se llamará sbunáia tjéno o algo peor.
Después de la plaza supuse que venía el
puente. Lo pensé y no quise seguir. Era la tarde del concierto de Elsa
Piaggio de Tarelli en el Odeón, me vestí sin ganas sospechando que
después me esperaría el insomnio. Este pensar de noche, tan noche… Quién
sabe si no me perdería. Una inventa nombres al viajar pensando, los
recuerda en el momento: Dobrina Stana, sbunáia tjéno, Burglos. Pero no
sé el nombre de la plaza, es como si de veras hubiera llegado a una
plaza de Budapest y estuviera perdida por no saber su nombre; ahí donde
un nombre es una plaza.
Ya voy, mamá. Llegaremos bien a tu Bach y
a tu Brahms. Es un camino tan simple. Sin plaza, sin Burglos. Aquí
nosotras, allá Elsa Piaggio. Qué triste haberme interrumpido, saber que
estoy en una plaza (pero esto ya no es cierto, solamente lo pienso y eso
es menos que nada). Y que al final de la plaza empieza el puente.
Noche
Empieza, sigue. Entre el final del
concierto y el primer bis hallé su nombre y el camino. La plaza Vladas,
el puente de los mercados. Por la plaza Vladas seguí hasta el nacimiento
del puente, un poco andando y queriendo a veces quedarme en casas o
vitrinas, en chicos abrigadísimos y fuentes con altos héroes de
emblanquecidas pelerinas, Tadeo Alanko y Vladislas Néroy, bebedores de
tokay y cimbalistas. Yo veía saludar a Elsa Piaggio entre un Chopin y
otro Chopin, pobrecita, y de mi platea se salía abiertamente a la plaza,
con la entrada del puente entre vastísimas columnas. Pero esto yo lo
pensaba, ojo, lo mismo que anagramar es la reina y… en vez de Alina
Reyes, o imaginarme a mamá en casa de los Suárez y no a mi lado. Es
bueno no caer en la sonsera: eso es cosa mía, nada más que dárseme la
gana, la real gana. Real porque Alina, vamos -No lo otro, no el sentirla
tener frío o que la maltratan. Esto se me antoja y lo sigo por gusto,
por saber adónde va, para enterarme si Luis María me lleva a Budapest,
si nos casamos y le pido que me lleve a Budapest. Más fácil salir a
buscar ese puente, salir en busca mía y encontrarme como ahora porque ya
he andado la mitad del puente entre gritos y aplausos, entre
«¡Álbeniz!» y más aplausos y «¡La polonesa!», como si esto tuviera
sentido entre la nieve arriscada que me empuja con el viento por la
espalda, manos de toalla de esponja llevándome por la cintura hacia el
medio del puente.
(Es más cómodo hablar en presente. Esto
era a las ocho, cuando Elsa Piaggio tocaba el tercer bis, creo que
Julián Aguirre o Carlos Guastavino, algo con pasto y pajaritos). Pero me
he vuelto canalla con el tiempo, ya no le tengo respeto. Me acuerdo que
un día pensé: «Allá me pegan, allá la nieve me entra por los zapatos y
esto lo sé en el momento, cuando me está ocurriendo allá yo lo sé al
mismo tiempo. ¿Pero por qué al mismo tiempo? A lo mejor me llega tarde, a
lo mejor no ha ocurrido todavía. A lo mejor le pegarán dentro de
catorce años, o ya es una cruz y una cifra en el cementerio de Santa
Úrsula. Y me parecía bonito, posible, tan idiota. Porque detrás de eso
una siempre cae en el tiempo parejo. Si ahora ella estuviera realmente
entrando en el puente, sé que lo sentiría ya mismo y desde aquí. Me
acuerdo que me paré a mirar el río que estaba sonando y chicoteando.
(Esto yo lo pensaba). Valía asomarse al parapeto del puente y sentir en
las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Valía quedarse un poco por la
vista, un poco por el miedo que me venía de adentro -o era el desabrigo,
la nevisca deshecha y mi tapado en el hotel-. Y después que yo soy
modesta, soy una chica sin humos, pero vengan a decirme de otra que le
haya pasado lo mismo, que viaje a Hungría en pleno Odeón. Eso le da frío
a cualquiera, che, aquí o en Francia.
Pero mamá me tironeaba la manga, ya casi
no había gente en la platea. Escribo hasta ahí, sin ganas de seguir
acordándome de lo que pensé. Me va a hacer mal si sigo acordándome. Pero
es cierto, cierto; pensé una cosa curiosa.
30 de enero
Pobre Luis María, qué idiota casarse
conmigo. No sabe lo que se echa encima. O debajo, como dice Nora que
posa de emancipada intelectual.
31 de enero
Iremos allá. Estuvo tan de acuerdo que
casi grito. Sentí miedo, me pareció que él entra demasiado fácilmente en
este juego. Y no sabe nada, es como el peoncito de dama que remata la
partida sin sospecharlo. Peoncito Luis María, al lado de su reina. De la
reina y –
7 de febrero
A curarse. No escribiré el final de lo
que había pensado en el concierto. Anoche la sentí sufrir otra vez. Sé
que allá me estarán pegando de nuevo. No puedo evitar saberlo, pero
basta de crónica. Si me hubiese limitado a dejar constancia de eso por
gusto, por desahogo… Era peor, un deseo de conocer al ir releyendo; de
encontrar claves en cada palabra tirada al papel después de tantas
noches. Como cuando pensé la plaza, el río roto y los ruidos, y después…
Pero no lo escribo, no lo escribiré ya nunca.
Ir allá a convencerme de que la soltería
me dañaba, nada más que eso, tener veintisiete años y sin hombre. Ahora
estará bien mi cachorro, mi bobo, basta de pensar, a ser al fin y para
bien.
Y sin embargo, ya que cerraré este
diario, porque una o se casa o escribe un diario, las dos cosas no
marchan juntas -Ya ahora no me gusta salirme de él sin decir esto con
alegría de esperanza, con esperanza de alegría. Vamos allá pero no ha de
ser como lo pensé la noche del concierto. (Lo escribo, y basta de
diario para bien mío.) En el puente la hallaré y nos miraremos. La noche
del concierto yo sentía en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Y
será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa
usurpación indebida y sorda. Se doblegará si realmente soy yo, se sumará
a mi zona iluminada, más bella y cierta; con sólo ir a su lado y
apoyarle una mano en el hombro.
*
Alina Reyes de Aráoz y su esposo
llegaron a Budapest el 6 de abril y se alojaron en el Ritz. Eso era dos
meses antes de su divorcio. En la tarde del segundo día Alina salió a
conocer la ciudad y el deshielo. Como le gustaba caminar sola -era
rápida y curiosa- anduvo por veinte lados buscando vagamente algo, pero
sin proponérselo demasiado, dejando que el deseo escogiera y se
expresara con bruscos arranques que la llevaban de una vidriera a otra,
cambiando aceras y escaparates.
Llegó al puente y lo cruzó hasta el
centro andando ahora con trabajo porque la nieve se oponía y del Danubio
crece un viento de abajo, difícil, que engancha y hostiga. Sentía cómo
la pollera se le pegaba a los muslos (no estaba bien abrigada) y de
pronto un deseo de dar vuelta, de volverse a la ciudad conocida. En el
centro del puente desolado la harapienta mujer de pelo negro y lacio
esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa, en el pliegue de las
manos un poco cerradas pero ya tendiéndose. Alina estuvo junto a ella
repitiendo, ahora lo sabía, gestos y distancias como después de un
ensayo general. Sin temor, liberándose al fin -lo creía con un salto
terrible de júbilo y frío- estuvo junto a ella y alargó también las
manos, negándose a pensar, y la mujer del puente se apretó contra su
pecho y las dos se abrazaron rígidas y calladas en el puente, con el río
trizado golpeando en los pilares.
A Alina le dolió el cierre de la cartera
que la fuerza del abrazo le clavaba entre los senos con una laceración
dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera y
absoluta dentro de su abrazo, con un crecer de felicidad igual a un
himno, a un soltarse de palomas, al río cantando. Cerró los ojos en la
fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular;
repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin celebrarlo
por tan suyo y por fin.
Le pareció que dulcemente una de las dos
lloraba. Debía ser ella porque sintió mojadas las mejillas, y el pómulo
mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También el cuello, y de
pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables. Al abrir los
ojos (tal vez gritaba ya) vio que se habían separado. Ahora sí gritó. De
frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos, porque
yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes lindísima en su sastre gris,
el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y
yéndose.
02 julio 2013
Rayuela ilustrada por Celeste Ciafarone
Hace tiempo encontré unas ilustraciones relacionadas con Rayuela, que me fascinaron sin embargo no supe quien era el autor de las mismas. Si no me equivoco, estas ilustraciones han estado ahí dando vueltas en internet, muchos de nosotros ya las hemos visto.
Resulta que hace poco tiempo dí por casualidad con la artista, su nombre es Celeste, Celeste Ciafarone.
Celeste es una chica Argentina viviendo en España, estudiante de la Universidad Politécnica de Valencia y becaria de la Universidad de Middlesex de Londres.
Ella, a través de sus ilustraciones nos pone al alcance su interpretación de Rayuela donde transmite emociones vivas que remueven y conmueven, hace falta mirar los trazos y la sensibilidad de cada una y todas las líneas que forman cada ilustración.
Pareciera que nos propone un universo, el universo Julio, el universo Cortázar en el cual como ya sabemos la Rayuela se juega con "una piedrita y la punta de un zapato".
Su proyecto "print making project - Rayuela" se compone de una serie de 10 ilustraciones.
Las palabras quedan cortas para describir cada una de ellas, las dejo para su apreciación y agradable sorpresa:
Para saber más de la ilustradora les dejo sus links:
Sitio ~ http://www.celesteciafarone.com/
Portafolio ~ http://www.behance.net/celesteciafarone
Twitter ~ @celestecia
Facebook ~ https://www.facebook.com/celesteciafaroneilustracion
Resulta que hace poco tiempo dí por casualidad con la artista, su nombre es Celeste, Celeste Ciafarone.
Celeste es una chica Argentina viviendo en España, estudiante de la Universidad Politécnica de Valencia y becaria de la Universidad de Middlesex de Londres.
Ella, a través de sus ilustraciones nos pone al alcance su interpretación de Rayuela donde transmite emociones vivas que remueven y conmueven, hace falta mirar los trazos y la sensibilidad de cada una y todas las líneas que forman cada ilustración.
Pareciera que nos propone un universo, el universo Julio, el universo Cortázar en el cual como ya sabemos la Rayuela se juega con "una piedrita y la punta de un zapato".
Su proyecto "print making project - Rayuela" se compone de una serie de 10 ilustraciones.
Las palabras quedan cortas para describir cada una de ellas, las dejo para su apreciación y agradable sorpresa:
El encanto es que, Celeste con su apreciación nos envuelve a todos los que compartimos la pasión de la novela en una atmósfera metafísica, así como los ríos; parafraseando a Julio hay quienes los escriben, definen y desean y hay otros que los nadan...
Para saber más de la ilustradora les dejo sus links:
Sitio ~ http://www.celesteciafarone.com/
Portafolio ~ http://www.behance.net/celesteciafarone
Twitter ~ @celestecia
Facebook ~ https://www.facebook.com/celesteciafaroneilustracion
25 abril 2011
Los tangos de Cortázar
Cuando se relacionan los términos Cortázar y música uno normalmente tiende a pensar en el jazz, en figuras como Duke Ellington, Charlie Parker o Earl Hines, tal y como se muestra en Rayuela o en "El perseguidor" de Las armas secretas.
Pero Cortázar no era simplemente el típico sudamericano afincado en París, cuna de la cultura europea, y desarraigado de su propio país, que se decidió definitivamente por la civilización en la contienda clásica de Hispanoamérica entre civilización y barbarie. Cortázar, como otros muchos sudamericanos, es un sudamericano que se debate entre el amor por su patria y la cultura cosmopolita europea. Este conflicto se desarrolla en Rayuela, y no hay que olvidar que para Cortázar Argentina era el lado de acá y París era el lado de allá.
No se puede decir desde luego que Cortázar olvidara por completo su patria, y buena muestra de ello es su relato "Torito". Y por supuesto, tampoco olvidaba Cortázar los tangos.
En 1953, estando en París, unos amigos dejaron a Cortázar un victrola y unos discos de Carlos Gardel. A partir de esa experiencia Cortázar evoca a Gardel en un precioso texto lleno de añoranza y ternura. Para Cortázar sólo existe una forma de escuchar a Gardel, no en directo, sino a través de un viejo victrola, en discos gastados acariciados por la púa, en noches de verano, y cebando mate.
Los tangos escritos por Julio Cortázar me cautivaron por completo y descubrí que Cortázar tiene un disco de tangos junto con Edgardo Cantón e interpretados por Juan Cedrón, editado en el año 80 y reeditado en el 95 llamado Trottoirs de Buenos Aires.
En el disco se incluyen los siguientes tangos,
01 Medianoche, aquí
02 Guante azul
03 Tu piel bajo la luna
04 Tras su rastro
05 Veredas de Buenos Aires
06 El buscador
07 Java
08 La camarada
09 Paso y quiero
10 La cruz del sur
Especialmente hay dos que me encantan,
Adicionalmente me di a la tarea buscar el disco Trottoirs de Buenos Aires y aunque no fue tarea fácil, aquí se los dejo para que lo disfruten.
Pero Cortázar no era simplemente el típico sudamericano afincado en París, cuna de la cultura europea, y desarraigado de su propio país, que se decidió definitivamente por la civilización en la contienda clásica de Hispanoamérica entre civilización y barbarie. Cortázar, como otros muchos sudamericanos, es un sudamericano que se debate entre el amor por su patria y la cultura cosmopolita europea. Este conflicto se desarrolla en Rayuela, y no hay que olvidar que para Cortázar Argentina era el lado de acá y París era el lado de allá.
No se puede decir desde luego que Cortázar olvidara por completo su patria, y buena muestra de ello es su relato "Torito". Y por supuesto, tampoco olvidaba Cortázar los tangos.
En 1953, estando en París, unos amigos dejaron a Cortázar un victrola y unos discos de Carlos Gardel. A partir de esa experiencia Cortázar evoca a Gardel en un precioso texto lleno de añoranza y ternura. Para Cortázar sólo existe una forma de escuchar a Gardel, no en directo, sino a través de un viejo victrola, en discos gastados acariciados por la púa, en noches de verano, y cebando mate.
Los tangos escritos por Julio Cortázar me cautivaron por completo y descubrí que Cortázar tiene un disco de tangos junto con Edgardo Cantón e interpretados por Juan Cedrón, editado en el año 80 y reeditado en el 95 llamado Trottoirs de Buenos Aires.
En el disco se incluyen los siguientes tangos,
01 Medianoche, aquí
02 Guante azul
03 Tu piel bajo la luna
04 Tras su rastro
05 Veredas de Buenos Aires
06 El buscador
07 Java
08 La camarada
09 Paso y quiero
10 La cruz del sur
Especialmente hay dos que me encantan,
Adicionalmente me di a la tarea buscar el disco Trottoirs de Buenos Aires y aunque no fue tarea fácil, aquí se los dejo para que lo disfruten.
20 abril 2011
Carta de Julio Cortázar a Roberto Fernandez Retamar: Sobre Rayuela.
![]() |
| Cortázar con Roberto Fernández Retamar, Casa de las Américas, Cuba, 1979 |
París, 17 de agosto de 1964
Querido Roberto:
Perdóname por escribirte a máquina, pero es una costumbre de la que ya no sé privarme y que me permite ser eternamente espontáneo e ir diciendo lo que me nace de más adentro. Anoche me entregaron tu carta del 3 de Junio (¡cuánto tiempo, ya!) y me sentí tan emocionado y tan feliz por lo que me decías en ella que entré como en un trance, en una casilla zodiacal increíblemente vasta y próspera. Todavía no he salido de ella, y te escribo bajo esa impresión maravillosa de que un poeta como tú, que además es un amigo, haya encontrado en Rayuela todo lo que yo puse o traté de poner, y que el libro haya sido un puente entre tú y yo y que ahora, después de tu carta, yo te sienta tan cerca de mí y tan amigo. No sé si cuando te escribí hace unos meses para hablarte de tus poemas, supe expresar bien lo que sentía. Tú, en tu carta, me dices tantas cosas en unas pocas líneas que es como si me hubieras mandado un signo fabuloso, uno de esos anillos míticos que llegan a la mano del héroe o del rey después de incontables misterios y hazañas, y allí está condensado todo, más acá de la palabra y de las meras razones: algo que es como un encuentro para siempre, un pacto que hace caer las barreras del tiempo y la distancia.
Mira, desde luego que lo que hayas podido encontrar de bueno en el libro me hace muy feliz; pero creo que en el fondo lo que más me ha estremecido es esa maravillosa frase, esa pregunta que resume tantas frustraciones y tantas esperanzas: "¿De modo que se puede escribir así por uno de nosotros?" Créeme, no tiene ninguna importancia que haya sido yo el que escribiera así, quizá por primera vez. Lo único que importa es que estemos llegando a un tiempo americano en el que se pueda empezar a escribir así (o de otro modo, pero así, es decir con todo lo que tú connotas al subrayar la palabra). Hace unos meses, Miguel Ángel Asturias se alegraba de que un libro mío y uno de él estuvieran a la cabeza de las listas de best-sellers en Buenos Aires. Se alegraba pensando que se hacía justicia a dos escritores latinoamericanos. Yo le dije que eso estaba bien, pero que había algo mucho más importante: la presencia, por primera vez, de un público lector que distinguía a sus propios autores en vez de relegarlos y dejarse llevar por la manía de las traducciones y el snobismo del escritor europeo o yanqui de moda. Sigo creyendo que hay ahí un hecho trascendental, incluso para un país donde las cosas van tan mal como en el mío. Cuando yo tenía 20 años, un escritor argentino llamado Borges vendía apenas 500 ejemplares de algún maravilloso tomo de cuentos. Hoy cualquier buen novelista o cuentista rioplatense tiene la seguridad de que un público inteligente y numeroso va a leerlo y juzgarlo. Es decir que los signos de madurez (dentro de los errores, los retrocesos, las torpezas horribles de nuestras políticas sudamericanas y nuestras economías semi-coloniales) se manifiestan de alguna manera, y en este caso de una manera particularmente importante, a través de la gran literatura. Por eso no es tan raro que ya haya llegado la hora de escribir así, Roberto, y ya verás que junto con mi libro o después de él van a aparecer muchos que te llenarán de alegría. Mi libro ha tenido una gran repercusión, sobre todo entre los jóvenes, porque se han dado cuenta de que en él se los invita a acabar con las tradiciones literarias sudamericanas que, incluso en sus formas más vanguardistas, han respondido siempre a nuestros complejos de inferioridad, a eso de "ser nosotros tan pobres", como dices a propósito del elogio de Rubén a Martí. Ingenuamente, un periodista mexicano escribió que Rayuela era la declaración de independencia de la novela latinoamericana. La frase es tonta pero encierra una clara alusión a esa inferioridad que hemos tolerado estúpidamente tanto tiempo, y de la que saldremos como salen todos los pueblos cuando les llega su hora. No me creas demasiado optimista; conozco a mi país, y a muchos otros que lo rodean. Pero hay signos, hay signos. . . Estoy contento de haber empezado a hacer lo que a mí me tocaba, y que un hombre como tú lo haya sentido y me lo haya dicho.
Gracias por haberle mostrado a Lezama cuánto me acuerdo siempre de él y lo mucho que lo admiro. Hace tiempo que quiero escribirle, pero me intimida un poco; vuelvo a acordarme de la noche en que cené con él y lo escuché decir cosas maravillosas, como un lento volcán de palabras. Sí, él es uno de los que me llacen tener confianza en nuestras tierras, en lo que habrá de ser finalmente esa América misteriosa.
Oye, ahora quiero decirte que si es cierto que vas a escribir algo sobre mi libro, me das desde ya una enorme alegría. He leído muchas críticas, algunas justísimas e inteligentes; pero el tono que hay en tu carta, ese contacto por debajo que hay entre lo que me dices y lo que yo soy en mi libro, no lo he encontrado hasta ahora. Por supuesto, si escribes algo tendrás que pensar en el lector y tomar tus distancias; pero te has acercado tanto que cualquier cosa que digas de mi libro será siempre una vivencia, como hubiera querido el pobre Oliveira, y no una valoración de magister, de las que me llegan docenas y que yo olvido minuciosamente.
Quiero que sepas que Aurora y yo fuimos muy felices la noche en que estuviste con tu mujer en casa, y que esperamos siempre que vuelvan a Europa y podamos vernos más y mejor. Natalia Revuelta, que me trajo tu carta tan gentilmente, habló de que quizá fueras a Oriente a estudiar problemas literarios o culturales (la información era muy nebulosa, pero se mencionó el Japón y la India). Si así fuera, lo que me parecería fabuloso, supongo que pasarás por Europa antes o después, y que me avisarás con tiempo. Yo no soy divertido como contertulio, ya sabes que los argentinos estamos todos metidos para adentro y si algo sacamos a veces es las uñas (y al divino botón, diría alguien que conozco); pero si me tienes paciencia sé que podremos hablar de verdad de tantas cosas. Con ustedes, los cubanos, yo me desnudo como frente al mar; los amigos de allá lo notaron y me lo dijeron. Mira si me hacen bien, mira si tendré razones para quererlos tanto.
Dales mis afectos a Calvert Casey, a Arrufat, a Lisandro Otero, a Edmundo Desnoes, y por supuesto a Lezama. Un gran abrazo de Aurora para ustedes dos. Yo no sé cómo despedirme.
Mira, desde luego que lo que hayas podido encontrar de bueno en el libro me hace muy feliz; pero creo que en el fondo lo que más me ha estremecido es esa maravillosa frase, esa pregunta que resume tantas frustraciones y tantas esperanzas: "¿De modo que se puede escribir así por uno de nosotros?" Créeme, no tiene ninguna importancia que haya sido yo el que escribiera así, quizá por primera vez. Lo único que importa es que estemos llegando a un tiempo americano en el que se pueda empezar a escribir así (o de otro modo, pero así, es decir con todo lo que tú connotas al subrayar la palabra). Hace unos meses, Miguel Ángel Asturias se alegraba de que un libro mío y uno de él estuvieran a la cabeza de las listas de best-sellers en Buenos Aires. Se alegraba pensando que se hacía justicia a dos escritores latinoamericanos. Yo le dije que eso estaba bien, pero que había algo mucho más importante: la presencia, por primera vez, de un público lector que distinguía a sus propios autores en vez de relegarlos y dejarse llevar por la manía de las traducciones y el snobismo del escritor europeo o yanqui de moda. Sigo creyendo que hay ahí un hecho trascendental, incluso para un país donde las cosas van tan mal como en el mío. Cuando yo tenía 20 años, un escritor argentino llamado Borges vendía apenas 500 ejemplares de algún maravilloso tomo de cuentos. Hoy cualquier buen novelista o cuentista rioplatense tiene la seguridad de que un público inteligente y numeroso va a leerlo y juzgarlo. Es decir que los signos de madurez (dentro de los errores, los retrocesos, las torpezas horribles de nuestras políticas sudamericanas y nuestras economías semi-coloniales) se manifiestan de alguna manera, y en este caso de una manera particularmente importante, a través de la gran literatura. Por eso no es tan raro que ya haya llegado la hora de escribir así, Roberto, y ya verás que junto con mi libro o después de él van a aparecer muchos que te llenarán de alegría. Mi libro ha tenido una gran repercusión, sobre todo entre los jóvenes, porque se han dado cuenta de que en él se los invita a acabar con las tradiciones literarias sudamericanas que, incluso en sus formas más vanguardistas, han respondido siempre a nuestros complejos de inferioridad, a eso de "ser nosotros tan pobres", como dices a propósito del elogio de Rubén a Martí. Ingenuamente, un periodista mexicano escribió que Rayuela era la declaración de independencia de la novela latinoamericana. La frase es tonta pero encierra una clara alusión a esa inferioridad que hemos tolerado estúpidamente tanto tiempo, y de la que saldremos como salen todos los pueblos cuando les llega su hora. No me creas demasiado optimista; conozco a mi país, y a muchos otros que lo rodean. Pero hay signos, hay signos. . . Estoy contento de haber empezado a hacer lo que a mí me tocaba, y que un hombre como tú lo haya sentido y me lo haya dicho.
Gracias por haberle mostrado a Lezama cuánto me acuerdo siempre de él y lo mucho que lo admiro. Hace tiempo que quiero escribirle, pero me intimida un poco; vuelvo a acordarme de la noche en que cené con él y lo escuché decir cosas maravillosas, como un lento volcán de palabras. Sí, él es uno de los que me llacen tener confianza en nuestras tierras, en lo que habrá de ser finalmente esa América misteriosa.
Oye, ahora quiero decirte que si es cierto que vas a escribir algo sobre mi libro, me das desde ya una enorme alegría. He leído muchas críticas, algunas justísimas e inteligentes; pero el tono que hay en tu carta, ese contacto por debajo que hay entre lo que me dices y lo que yo soy en mi libro, no lo he encontrado hasta ahora. Por supuesto, si escribes algo tendrás que pensar en el lector y tomar tus distancias; pero te has acercado tanto que cualquier cosa que digas de mi libro será siempre una vivencia, como hubiera querido el pobre Oliveira, y no una valoración de magister, de las que me llegan docenas y que yo olvido minuciosamente.
Quiero que sepas que Aurora y yo fuimos muy felices la noche en que estuviste con tu mujer en casa, y que esperamos siempre que vuelvan a Europa y podamos vernos más y mejor. Natalia Revuelta, que me trajo tu carta tan gentilmente, habló de que quizá fueras a Oriente a estudiar problemas literarios o culturales (la información era muy nebulosa, pero se mencionó el Japón y la India). Si así fuera, lo que me parecería fabuloso, supongo que pasarás por Europa antes o después, y que me avisarás con tiempo. Yo no soy divertido como contertulio, ya sabes que los argentinos estamos todos metidos para adentro y si algo sacamos a veces es las uñas (y al divino botón, diría alguien que conozco); pero si me tienes paciencia sé que podremos hablar de verdad de tantas cosas. Con ustedes, los cubanos, yo me desnudo como frente al mar; los amigos de allá lo notaron y me lo dijeron. Mira si me hacen bien, mira si tendré razones para quererlos tanto.
Dales mis afectos a Calvert Casey, a Arrufat, a Lisandro Otero, a Edmundo Desnoes, y por supuesto a Lezama. Un gran abrazo de Aurora para ustedes dos. Yo no sé cómo despedirme.
Digamos que sigue en el capítulo...
Pero también un abrazo muy fuerte,
Pero también un abrazo muy fuerte,
Julio.
15 abril 2011
Las casillas de Rayuela en Julio
Sus cuentos (releo con la misma fruición de la primera vez Autopista al sur, La señorita Cora, Continuidad en los parques, La casa tomada), su ensayo sobre Rimbaud, su texto biográfico sobre Poe, su aproximación crítica a la teoría del cuento, su nouvelle El Perseguidor. Pero su gran jugada, la que merece un monumento, es Rayuela.
Se sabe que cuando Cortázar terminó Rayuela le tenía otro nombre. La novela se iba a llamar Mandala y esto es muy sugerente, porque el Mandala es un símbolo gráfico que representa las capas espirituales más profundas de un ser que se busca.
Veamos el contenido de sus casillas,
Casilla 1: Llega a Buenos Aires proveniente de Bruselas siendo un niño de cuatro años, que sólo habla francés y apenas ensaya algunas palabras mal pronunciadas en español. Sus compañeros de escuela se burlan de él, su padre lo abandona para siempre, su cuerpo crece de manera desproporcionada, sus huesos son débiles y se parten con facilidad al caer de una bicicleta. Entonces, se encierra en el armario de su cuarto, en total oscuridad y comienza a escuchar los sonidos de esas otras dimensiones que después las conocimos sus lectores por él. Cortázar inaugura así en la literatura hispanoamericana un género fantástico distinto al de Felisberto Hernández y al de Borges: es lo sobrenatural dentro de lo natural, lo fantástico siempre está en la realidad si sabemos mirar y oír de una manera diferente.
Casilla 2: El tímido maestro de escuela primaria. Se sonroja por todo. Se empieza a cansar de sus fantasmas y decide leerse toda la cultura occidental. En menos de dos años lee y traduce a sus escritores favoritos en lengua inglesa. Son años de lector compulsivo que le dan la sólida cultura que conoceremos luego por sus ensayos críticos y, sobre todo, por la futura erudición de Oliveira.
Casilla 3: En una tarde de sol, caminando por la calle Corrientes de Buenos Aires, se encuentra con dos pasiones simultáneas que terminan siendo una sola: la música del Jazz y el amor desenfrenado de Aurora Bernardez. Descubre que el ritmo lo es todo. Sólo la música penetra la máscara de las palabras, las sombras chinescas de los conceptos, el frío muro racional del pensamiento cartesiano. Una sola fuga de Bach derrumba el monstruoso edificio arquitectónico de las categorías de Kant. De ahí ese personaje enigmático del Perseguidor, que al poseer el don del ritmo de las otras dimensiones, es capaz de penetrar lo sagrado por medio de su saxofón.
Casilla 4: Un puente de París en una noche de lluvia. Cortázar mira el agua del río Sena y siente un profundo deseo de tirarse y de morir ahogado. No sería el primero ni el último. Se ha desencantado del mundo, está solo al igual que el universo en donde vive. Estas son las tierras arrasadas por el olvido de un Dios ausente. No es que se le haya extraviado el sentido de la vida, porque uno nunca pierde aquello que jamás ha tenido. Simplemente toca fondo. Morir en París, puede ser mejor que seguir viviendo en el infierno mental de su angustia.
Sin embargo, cuando decide quitarse el abrigo y regalárselo a un Clochard, para que no se desperdicie en el fondo del río, le surge la idea de su novela, su Rayuela, Oliveira, la Maga, Rocamadur, los miembros del Club de la Serpiente, Morelli, la utopía de la novela total, o sea, de la antinovela, escribir una novela que mate la literatura pomposa y seria. Jugar a decirlo todo desde el principio, con otros lenguajes de los que, al igual que el poeta Hofmannsthal, él tampoco conocía ni una sola palabra. Rayuela nace esa misma noche en la que el hombre Cortázar renunció a encontrarle a su existencia una certeza metafísica. Por eso, la auténtica literatura es asunto de descreídos y nunca de militantes.
Casilla 5: Cortázar es los otros: cada uno de sus personajes es un pasadizo oculto de su inconsciente que se muestra a la luz del mundo. La Maga es el arquero Zen: el descubrimiento del budismo, la ilusión del yo, la vacuidad, el lenguaje del silencio, el rechazo a la dialéctica, el zambullirse en la vida misma sin los flotadores existenciales de los prejuicios o de las esperanzas.
Oliveira es el flaneur en las calles del París de Baudelaire, el "matador de brújulas" que sabe que la ciudad luz es una metáfora de su propia angustia: Cada esquina, cada barrio, cada avenida es el mapa incompleto del sentido oculto de su propia vida. Oliveira es Cortázar antes de renunciar a la ilusión de las certezas metafísicas, un ateo que mientras niega la existencia de un Dios, se arrodilla a pedir perdón por lo que no comprende.
Casilla 6: Le llega a Cortázar la fama literaria universal. Incluso, mientras todavía cree que: "No me hago la ilusión de que podré lograr algo trascendental".
Casilla 7: Cortázar sigue creciendo. Pero esto no es una metáfora sino un signo de reactivación de su antigua enfermedad: la acromegalia. A su vida y a su obra las impregna la nostalgia, esa nostalgia del tiempo perdido que había descrito enRayuela, cuando le hizo decir a Oliveira que: "Después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás".
Casilla 8: Julio y su novia Carol se contaminan por una transfusión de sangre a comienzos de los años ochenta. A los cuatro años ambos estaban muertos.
Casilla 9: Cada vez que leemos a Cortázar sabemos de su inmortalidad y recordamos sus palabras: "Cuando se ha salido de la infancia... se olvida que para llegar al cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato".
Casilla 10: Esta casilla es el cielo. Pero como dijo muy bien Wittgenstein: "De lo que no se puede hablar es mejor guardar silencio".
Extracto de: Elogio de la profundidad por Orlando Mejía-Rivera
Fuente: Revista ALEPH Febrero 2007
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Cortázar ilustrado por Juan Martin Biafora @Martinbiafora
En torno al festejo del aniversario número 100 de Julio Cortázar, la cuenta de @cortazario estuvo muy activa y entre tanta actividad, propuestas y contenidos de los usuarios quede sorprendida con un tuit que publico el usuario @Martinbiafora el cual incluía una ilustración que me pareció muy hermosa:
Me dejo llevar por las emociones y lo que me transmitió la ilustración fue más allá de dar un simple vistazo y continuar leyendo el siguiente tuit. Es nuestro Julio en su máxima expresión rodeado de todos los Cronopios, las Famas y Esperanzas, de todos los personajes, de todos sus libros, poemas, cuentos, de toda su creación; además de su mirada penetrante que extiende su mano a su universo Cortazariano.
Tanto me gusto que conteste el tuit de Martin para preguntarle si la ilustración era de él, me dijo que si y me compartió su página en Facebook donde tiene otras ilustraciones inspiradas en la obra de Julio; las mire detenidamente y me encantaron, más que nada por lo que logra transmitir con ellas.
Nuevamente lo contacte a fin de que me compartiera algunas de sus ilustraciones y me contara acerca de él y el por qué de inspirarse en Julio para crear su arte; como resultado me envió un correo electrónico muy preciso y completo el cual pego a continuación, lo hago de esta manera para no romper el encanto de su redacción: (sic)
Mi nombre es Juan Martin Biafora, tengo 26 años y soy nacido en una pequeña ciudad la cual cuenta con un poco mas de 30.000 habitantes llamada Pehuajó , en el interior de la Provincia de Buenos Aires, Argentina a unos 500km de la capital.Soy estudiante de Artes Visuales en la ciudad de La Plata actualmente.Mi apego ( casi obsesion) por Julio Cortazar empezó hace ya unos años, y lleva otros tantos de gestacion y admiracion en continua evolucion.De chiquito me gustaba mucho leer pero claramente, por la edad , no estaba en condiciones de leer un libro de Julio.Todo esto cambio hace unos años, ya con otra maduracion, quedé (como la mayoria de los lectores quedó) alucinado, impresionado,superado por la escritura (y ni que hablar de las emociones trasnmitidas) que lei en Rayuela.Comenzé entonces a sumergirme en este maravilloso mundo de Julio para no volver atras y, sin querer, di con gente, en mi mismo pueblo, que supo recordar que este buen hombre; este monstruo de las letras, este artista de la imaginacion, no era un ser que bajo desde el cielo o fue creado por algunos otros seres mitologicos o divinos (aunque todavia varias veces me lo cuestione cada vez que leo alguna y cada una de sus obras).Este hombre hace unos cuantos años, cuando aun no era ¨Julio Cortazar el escritor de rayuela¨, era un humilde Profesor que se habia venido hacia el interior de Argentina en busqueda de tranquilidad y daba clases en las escuelas rurales de Bolivar (una ciudad apenas a 100km de mi ciudad natal)dando por resultado que mas de un abuelo (y no tan abuelos) en mi ciudad, coincidia que se lo solia ver haciendo dedo en la ruta, con su guardapolvo para dar clases, tal como despues, comprobe que el mismo escribio en algunas de sus memorias.Enterarme de todo esto aun para mi, lo subio a una escala a una mayor...practicamente paso a ser un semidios.Tenia la combinacion de este monstruo artistico, con la humildad de un tipo al que solo le interesa vivir con lo necesario, sin lujos, dando clases en escuelas rurales, haciendo dedo en la ruta para que alguien lo alcanzara mientras aprovechaba al resto de su tiempo,( como bien lo explica en las instrucciones para darle cuerda a un reloj) inviertiendolo de lleno en su escritura, en su bienestar, en lo que sabia hacer, en su arte....basicamente en si mismo...porque claramente ahi estaba su riqueza, en su felicidad (Cosa que hoy la gente no logra ver demasiado)Desde entonces no dejo de soñar e imaginar que tal vez ,alguna de todas esas letras que hoy leemos y releemos de sus textos, tal vez, (ojala) surgio en la cabeza de aquel Julio cerca de donde naci y me crei,detras un ciudadano comun y corriente como cualquier otro habitante del pueblo.Esto tiene que alimentar a todos los que realmente sentimos el arte, para desmitificar los prejuicios que consigo este lleva; para realmente romper las cadenas y poder hacer lo que sentimos, lo que nos gusta, lo que amamos y entonces asi, si poder ver los frutos!Es para mi un gran ejemplo sobre el completo significado de la palabra pasion, (muy lejos de intentar ponerme ni siquiera 10 escalones por debajo de Julio) la accion de invertir su tiempo en hacer lo que mas le gustaba,en escribir y escribir y escribir...guarda similitud a la eleccion y rumbo que hoy por hoy le di a mi vida.Me vine solo a 500 km de mi ciudad a explorar mas el mundo artistico,a crecer,a nutrirme, a ojala poder mejorar y de pasada, mostrar lo que hago , y hacerles saber que soy feliz haciendolo.Todo esto que aca nombro es lo que alguna vez, en algun momento Julio volcó y eso mismo, lo que hoy todos recibimos en forma de papel con un poco de tinta, pero que sin dudas ya no es solo un poco de papel y u poco de tinta; ahi existio el trabajo de alguien, la inversion de tiempo de alguien, la pasion y el corazon de alguien que es lo que hoy reconocemos como el inmenso legado irrepetible que es Cortazar;hasta si analizaramos lo mas basico, Es impresionante ver una y otra vez , que escribio frases y citas, en sus libros,que describen todos y cada uno de los momentos o instantes precisos de nuestras vidas milimetricamente, repito, absolutamente todos.Esta admiracion ya no se podia contener dentro de mi por lo que se ha disparado en forma de ilustraciones las cuales nunca va a poder devolver lo que este hombre nos dejo,nunca fueron pensadas asi porque ni 100 ni 1000 ni 10.000 Martines puedes devolver lo que Julio nos dejo, pero si tal vez reavivar las llamas y que a muchisimas personas mas se les enciendan estas 2 hermosas pasiones:El Arte y Cortazar!Muchisimas gracias por la difusion de mis dibujos, de corazon!Desde La Plata, Buenos Aires, Argentina, los saluda a uds muy atentamente y con mucho cariños.
Juan Martin Biafora
Como se habrán dado cuenta era imposible tratar de resumir o editar estas palabras tan urdidas de pasión sincera, él autor mismo relata lo que estaba en mi interés saber desde un inicio. ¡Qué maravilla encontrar a gente apasionada!
De igual manera me compartió algunas de sus ilustraciones, mismas que dejo a continuación y a su criterio, pues el arte (contenido o no) es subjetivo a nuestras experiencias.
Hay una magia maravillosa en estas ilustraciones que envuelven al espectador; Sin duda Martin es otro nadador de ríos metafísicos.
Para saber más del ilustrador les dejo sus links:
Twitter ~ @Martinbiafora
Facebook ~ https://www.facebook.com/JuanMartinBiafora
Una flor amarilla - Julio Cortázar
Una flor amarilla
(Final del juego, 1956)
(Final del juego, 1956)
Parece una broma, pero somos
inmortales. Lo sé por la negativa, lo sé porque conozco al único
mortal. Me contó su historia en un bistró de la rue Cambronne, tan
borracho que no le costaba nada decir la verdad aunque el patrón y los
viejos clientes del mostrador se rieran hasta que el vino se les salía
por los ojos. A mí debió verme algún interés pintado en la cara,
porque se me apiló firme y acabamos dándonos el lujo de la mesa en un
rincón donde se podía beber y hablar en paz. Me contó que era jubilado
de la municipalidad y que su mujer se había vuelto con sus padres por una
temporada, un modo como otro cualquiera de admitir que lo había
abandonado. Era un tipo nada viejo y nada ignorante, de cara reseca y ojos
tuberculosos. Realmente bebía para olvidar, y lo proclamaba a partir del
quinto vaso de tinto. No le sentí ese olor que es la firma de París pero
que al parecer sólo olemos los extranjeros. Y tenía las uñas cuidadas,
y nada de caspa.
Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se pretendía —como ahora— explicarlo.
Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio que le daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta esa fortaleza de fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales.
—Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo y me toca a mí, en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio... Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el autobús. Creo que ya se lo dije, fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era eso y se acabó. Pero después empezaron las dudas, por que en esos casos uno se trata de imbécil o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas una por una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había razón para dudar. Lo que le voy a decir es lo que más risa les da a esos imbéciles, cuando a veces se me ocurre contarles. Luc no solamente era yo otra vez, sino que iba a ser como yo, como este pobre infeliz que le habla. No había más que verlo jugar, verlo caerse siempre mal, torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos sentimientos a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo le cuentan a uno cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose de vergüenza, las intimidades más increíbles, las anécdotas del primer diente, los dibujos de los ocho años, las enfermedades... La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para llegar a un fin de mes. No me costó ningún trabajo conocer el pasado de Luc, bastaba intercalar preguntas entre los temas que interesaban a los viejos: el reumatismo del tío, las maldades de la portera, la política. Así fui conociendo la infancia de Luc entre jaques al rey y reflexiones sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue cumpliendo infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí el sarampión me había durado quince días mientras que a Luc lo habían curado en cuatro, los progresos de la medicina y cosas por el estilo. Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, porque no podrá encontrar se nunca con la verdad en un autobús; pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, ¿no?.
Yo me daba cuenta, pero opiné que en la infancia todos tenemos enfermedades típicas a plazo fijo, y que casi todos nos rompemos alguna cosa jugando al fútbol.
—Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo, que Luc se pareciera a mí no tenía importancia, aunque sí la tuvo para la revelación en el autobús. Lo verdaderamente importante eran las secuencias, y eso es difícil de explicar porque tocan al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia. En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había pasado por una época amarga que empezó con una enfermedad interminable, después en plena convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí un brazo, y apenas había salido de eso me enamoré de la hermana de un condiscípulo y sufrí como se sufre cuando se es incapaz de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno. Luc se enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y al bajar de las graderías resbaló y se dislocó un tobillo. Poco después su madre lo sorprendió una tarde llorando al lado de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un pañuelo que no era de la casa.
Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías. Pero admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión con hélice a resorte, que él había traído para su cumpleaños.
—Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre me había regalado a los catorce años, y de lo que me pasó. Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle. Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando volví, la caja del Meccano había desaparecido y la puerta estaba abierta. Gritando desesperado corrí a la calle donde ya no se veía a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en el chalet de enfrente. Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba recordando mientras le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la misma felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme una taza de café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos un grito. Luc había corrido a la ventana como si quisiera tirarse al vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos de lágrimas, alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su vuelo, pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. «No se lo ve más, no se lo ve más», repetía llorando. Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende, ahora? Sí, mejor nos tomamos otra copa.
Después, como yo me callaba, el hombre dijo que había empezado a pensar solamente en Luc, en la suerte de Luc. Su madre lo destinaba a una escuela de artes y oficios, para que modestamente se abriera lo que ella llamaba su camino en la vida, pero ese camino ya estaba abierto y solamente él, que no hubiera podido hablar sin que lo tomaran por loco y lo separaran para siempre de Luc, podía decirle a la madre y al tío que todo era inútil, que cualquier cosa que hicieran el resultado sería el mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos, los fracasos que van royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida, en un bistró de barrio. Pero lo peor de todo no era el destino de Luc; lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a su vez en la rueda. Luc ya casi no le importaba; de noche, su insomnio se proyectaba más allá hasta otro Luc, hasta otros que se llamarían Robert o Claude o Michel, una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. El hombre tenía el vino triste, no había nada que hacerle.
—Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc murió unos meses después, son demasiado estúpidos para entender que... Sí, no se ponga usted también a mirarme con esos ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie de bronquitis, así como a esa misma edad yo había tenido una infección hepática. A mí me internaron en el hospital, pero la madre de Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi todos los días, y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. Había tanta miseria en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a que yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé de una farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por admitirme como enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como ésa, donde el médico entra y sale sin mayor interés, nadie se fija mucho si los síntomas finales coinciden del todo con el primer diagnóstico... ¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté bien?
No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura del vino. Muy al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del pobre Luc venía a demostrar que cualquiera dado a la imaginación puede empezar un fantaseo en un autobús 95 y terminarlo al lado de la cama donde se está muriendo calladamente un niño. Para tranquilizarlo, se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver a hablar.
—Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro sentí por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad. Todavía iba cada tanto a visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete de bizcochos, pero poco me importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier hora, repitiendo hasta lo último el destino de algún desconocido muerto vaya a saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría muerto de verdad, sin un Luc que entrara en la rueda para repetir estúpidamente una estúpida vida. Comprenda esa plenitud, viejo, envídieme tanta felicidad mientras duró.
Porque, al parecer, no había durado. El bistró y el vino barato lo probaban, y esos ojos donde brillaba una fiebre que no era del cuerpo. Y sin embargo había vivido algunos meses saboreando cada momento de su mediocridad cotidiana, de su fracaso conyugal, de su ruina a los cincuenta años, seguro de su mortalidad inalienable. Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor.
—Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término mino, bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarlo irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra...
Pagué.
Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se pretendía —como ahora— explicarlo.
Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio que le daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta esa fortaleza de fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales.
—Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo y me toca a mí, en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio... Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el autobús. Creo que ya se lo dije, fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era eso y se acabó. Pero después empezaron las dudas, por que en esos casos uno se trata de imbécil o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas una por una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había razón para dudar. Lo que le voy a decir es lo que más risa les da a esos imbéciles, cuando a veces se me ocurre contarles. Luc no solamente era yo otra vez, sino que iba a ser como yo, como este pobre infeliz que le habla. No había más que verlo jugar, verlo caerse siempre mal, torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos sentimientos a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo le cuentan a uno cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose de vergüenza, las intimidades más increíbles, las anécdotas del primer diente, los dibujos de los ocho años, las enfermedades... La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para llegar a un fin de mes. No me costó ningún trabajo conocer el pasado de Luc, bastaba intercalar preguntas entre los temas que interesaban a los viejos: el reumatismo del tío, las maldades de la portera, la política. Así fui conociendo la infancia de Luc entre jaques al rey y reflexiones sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue cumpliendo infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí el sarampión me había durado quince días mientras que a Luc lo habían curado en cuatro, los progresos de la medicina y cosas por el estilo. Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, porque no podrá encontrar se nunca con la verdad en un autobús; pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, ¿no?.
Yo me daba cuenta, pero opiné que en la infancia todos tenemos enfermedades típicas a plazo fijo, y que casi todos nos rompemos alguna cosa jugando al fútbol.
—Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo, que Luc se pareciera a mí no tenía importancia, aunque sí la tuvo para la revelación en el autobús. Lo verdaderamente importante eran las secuencias, y eso es difícil de explicar porque tocan al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia. En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había pasado por una época amarga que empezó con una enfermedad interminable, después en plena convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí un brazo, y apenas había salido de eso me enamoré de la hermana de un condiscípulo y sufrí como se sufre cuando se es incapaz de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno. Luc se enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y al bajar de las graderías resbaló y se dislocó un tobillo. Poco después su madre lo sorprendió una tarde llorando al lado de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un pañuelo que no era de la casa.
Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías. Pero admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión con hélice a resorte, que él había traído para su cumpleaños.
—Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre me había regalado a los catorce años, y de lo que me pasó. Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle. Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando volví, la caja del Meccano había desaparecido y la puerta estaba abierta. Gritando desesperado corrí a la calle donde ya no se veía a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en el chalet de enfrente. Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba recordando mientras le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la misma felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme una taza de café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos un grito. Luc había corrido a la ventana como si quisiera tirarse al vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos de lágrimas, alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su vuelo, pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. «No se lo ve más, no se lo ve más», repetía llorando. Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende, ahora? Sí, mejor nos tomamos otra copa.
Después, como yo me callaba, el hombre dijo que había empezado a pensar solamente en Luc, en la suerte de Luc. Su madre lo destinaba a una escuela de artes y oficios, para que modestamente se abriera lo que ella llamaba su camino en la vida, pero ese camino ya estaba abierto y solamente él, que no hubiera podido hablar sin que lo tomaran por loco y lo separaran para siempre de Luc, podía decirle a la madre y al tío que todo era inútil, que cualquier cosa que hicieran el resultado sería el mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos, los fracasos que van royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida, en un bistró de barrio. Pero lo peor de todo no era el destino de Luc; lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a su vez en la rueda. Luc ya casi no le importaba; de noche, su insomnio se proyectaba más allá hasta otro Luc, hasta otros que se llamarían Robert o Claude o Michel, una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. El hombre tenía el vino triste, no había nada que hacerle.
—Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc murió unos meses después, son demasiado estúpidos para entender que... Sí, no se ponga usted también a mirarme con esos ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie de bronquitis, así como a esa misma edad yo había tenido una infección hepática. A mí me internaron en el hospital, pero la madre de Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi todos los días, y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. Había tanta miseria en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a que yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé de una farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por admitirme como enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como ésa, donde el médico entra y sale sin mayor interés, nadie se fija mucho si los síntomas finales coinciden del todo con el primer diagnóstico... ¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté bien?
No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura del vino. Muy al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del pobre Luc venía a demostrar que cualquiera dado a la imaginación puede empezar un fantaseo en un autobús 95 y terminarlo al lado de la cama donde se está muriendo calladamente un niño. Para tranquilizarlo, se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver a hablar.
—Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro sentí por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad. Todavía iba cada tanto a visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete de bizcochos, pero poco me importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier hora, repitiendo hasta lo último el destino de algún desconocido muerto vaya a saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría muerto de verdad, sin un Luc que entrara en la rueda para repetir estúpidamente una estúpida vida. Comprenda esa plenitud, viejo, envídieme tanta felicidad mientras duró.
Porque, al parecer, no había durado. El bistró y el vino barato lo probaban, y esos ojos donde brillaba una fiebre que no era del cuerpo. Y sin embargo había vivido algunos meses saboreando cada momento de su mediocridad cotidiana, de su fracaso conyugal, de su ruina a los cincuenta años, seguro de su mortalidad inalienable. Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor.
—Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término mino, bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarlo irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra...
Pagué.
El Río - Julio Cortázar
El río, es un relato de Julio Cortázar incluído en su libro Final del Juego, publicado en 1956.
Entre los muchos de mis cuentos favoritos de Julio destaca este...
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De Final de Juego
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.
Entre los muchos de mis cuentos favoritos de Julio destaca este...
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El
Río
Por
Julio CortazarDe Final de Juego
Y
sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué
cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de
plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad
o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque
hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del
otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia
abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te
has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además
no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente,
pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche
antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido
diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido
miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome,
y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño,
como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo
llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más,
para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido,
hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias
de los que se han ahogado de veras.
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.
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Lejana - Julio Cortázar
Diario de Alina Reyes
12 de enero
Anoche fue otra vez, yo tan cansada de
pulseras y farándulas, de pink champagne y la cara de Renato Viñes, oh
esa cara de foca balbuceante, de retrato de Dorian Gray a lo último. Me
acosté con gusto a bombón de menta, al Boogie del Banco Rojo, a mamá
bostezada y cenicienta (como queda ella a la vuelta de las fiestas,
cenicienta y durmiéndose, pescado enormísimo y tan no ella.)
Nora que dice dormirse con luz, con
bulla, entre las urgidas crónicas de su hermana a medio desvestir. Qué
felices son, yo apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de lo
diurno y moviente, quiero dormir y soy una horrible campana resonando,
una ola, la cadena que Rex arrastra toda la noche contra los ligustros.
Now I lay me down to sleep… Tengo que repetir versos, o el sistema de
buscar palabras con a, después con a y e, con las cinco vocales, con
cuatro. Con dos y una consonante (ala, ola), con tres consonantes y una
vocal (tras, gris) y otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su
polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. Con
tres y tres alternadas, cábala, laguna, animal; Ulises, ráfaga, reposo.
Así paso horas: de cuatro, de tres y
dos, y más tarde palindromas. Los fáciles, salta Lenin el Atlas; amigo,
no gima; los más difíciles y hermosos, átate, demoniaco Caín o me
delata; Anás usó tu auto Susana. O los preciosos anagramas: Salvador
Dalí, Avida Dollars; Alina Reyes, es la reina y… Tan hermoso, éste,
porque abre un camino, porque no concluye. Porque la reina y…
No, horrible. Horrible porque abre
camino a esta que no es la reina, y que otra vez odio de noche. A esa
que es Alina Reyes pero no la reina del anagrama; que será cualquier
cosa, mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en
Quetzaltenango, cualquier lado lejos y no reina. Pero sí Alina Reyes y
por eso anoche fue otra vez, sentirla y el odio.
20 de enero
A veces sé que tiene frío, que sufre,
que le pegan. Puedo solamente odiarla tanto, aborrecer las manos que la
tiran al suelo y también a ella, a ella todavía más porque le pegan,
porque soy yo y le pegan. Ah, no me desespera tanto cuando estoy
durmiendo o corto un vestido o son las horas de recibo de mamá y yo
sirvo el té a la señora de Regules o al chico de los Rivas. Entonces me
importa menos, es un poco cosa personal, yo conmigo; la siento más dueña
de su infortunio, lejos y sola pero dueña. Que sufra, que se hiele; yo
aguanto desde aquí, y creo que entonces la ayudo un poco. Como hacer
vendas para un soldado que todavía no ha sido herido y sentir eso de
grato, que se le está aliviando desde antes, previsoramente.
Que sufra. Le doy un beso a la señora de
Regules, el té al chico de los Rivas, y me reservo para resistir por
dentro. Me digo: «Ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la nieve
me entra por los zapatos rotos». No es que sienta nada. Sé solamente que
es así, que en algún lado cruzo un puente en el instante mismo (pero no
sé si es el instante mismo) en que el chico de los Rivas me acepta el
té y pone su mejor cara de tarado. Y aguanto bien porque estoy sola
entre esas gentes sin sentido, y no me desespera tanto. Nora se quedó
anoche como tonta, dijo: «¿Pero qué te pasa?». Le pasaba a aquella, a mí
tan lejos. Algo horrible debió pasarle, le pegaban o se sentía enferma y
justamente cuando Nora iba a cantar a Fauré y yo en el piano, mirándolo
tan feliz a Luis María acodado en la cola que le hacía como un marco,
él mirándome contento con cara de perrito, esperando oír los arpegios,
los dos tan cerca y tan queriéndonos. Así es peor, cuando conozco algo
nuevo sobre ella y justo estoy bailando con Luis María, besándolo o
solamente cerca de Luis María. Porque a mí, a la lejana, no la quieren.
Es la parte que no quieren y cómo no me va a desgarrar por dentro sentir
que me pegan o la nieve me entra por los zapatos cuando Luis María
baila conmigo y su mano en la cintura me va subiendo como un calor a
mediodía, un sabor a naranjas fuertes o tacuaras chicoteadas, y a ella
le pegan y es imposible resistir y entonces tengo que decirle a Luis
María que no estoy bien, que es la humedad, humedad entre esa nieve que
no siento, que no siento y me está entrando por los zapatos.
25 de enero
Claro, vino Nora a verme y fue la
escena. «M’hijita, la última vez que te pido que me acompañes al piano.
Hicimos un papelón». Qué sabía yo de papelones, la acompañé como pude,
me acuerdo que la oía con sordina. Votre âme est un paysage choisi… pero
me veía las manos entre las teclas y parecía que tocaban bien, que
acompañaban honestamente a Nora. Luis María también me miró las manos,
el pobrecito, yo creo que era porque no se animaba a mirarme la cara.
Debo ponerme tan rara.
Pobre Norita, que la acompañe otra.
(Esto parece cada vez más un castigo, ahora sólo me conozco allá cuando
voy a ser feliz, cuando soy feliz, cuando Nora canta Fauré me conozco
allá y no queda más que el odio).
Noche
A veces es ternura, una súbita y
necesaria ternura hacia la que no es reina y anda por ahí. Me gustaría
mandarle un telegrama, encomiendas, saber que sus hijos están bien o que
no tiene hijos -porque yo creo que allá no tengo hijos- y necesita
confortación, lástima, caramelos. Anoche me dormí confabulando mensajes,
puntos de reunión. Estaré jueves stop espérame puente. ¿Qué puente?
Idea que vuelve como vuelve Budapest donde habrá tanto puente y nieve
que rezuma. Entonces me enderecé rígida en la cama y casi aúllo, casi
corro a despertar a mamá, a morderla para que se despertara. Nada más
que por pensar. Todavía no es fácil decirlo. Nada más que por pensar que
yo podría irme ahora mismo a Budapest, si realmente se me antojara. O a
Jujuy, a Quetzaltenango. (Volví a buscar estos nombres páginas atrás).
No valen, igual sería decir Tres Arroyos, Kobe, Florida al
cuatrocientos. Sólo queda Budapest porque allí es el frío, allí me pegan
y me ultrajan. Allí (lo he soñado, no es más que un sueño, pero cómo
adhiere y se insinúa hacia la vigilia) hay alguien que se llama Rod -o
Erod, o Rodo- y él me pega y yo lo amo, no sé si lo amo pero me dejo
pegar, eso vuelve de día en día, entonces es seguro que lo amo.
Más tarde
Mentira. Soñé a Rod o lo hice con una
imagen cualquiera de sueño, ya usada y a tiro. No hay Rod, a mí me han
de castigar allá, pero quién sabe si es un hombre, una madre furiosa,
una soledad.
Ir a buscarme. Decirle a Luis María:
«Casémonos y me llevas a Budapest, a un puente donde hay nieve y
alguien». Yo digo: ¿y si estoy? (Porque todo lo pienso con la secreta
ventaja de no querer creerlo a fondo. ¿Y si estoy?). Bueno, si estoy…
Pero solamente loca, solamente… ¡Qué luna de miel!
28 de enero
Pensé una cosa curiosa. Hace tres días
que no me viene nada de la lejana. Tal vez ahora no le pegan, o no pudo
conseguir abrigo. Mandarle un telegrama, unas medias… Pensé una cosa
curiosa. Llegaba a la terrible ciudad y era de tarde, tarde verdosa y
ácuea como no son nunca las tardes si no se las ayuda pensándolas. Por
el lado de la Dobrina Stana, en la perspectiva Skorda, caballos erizados
de estalagmitas y polizontes rígidos, hogazas humeantes y flecos de
viento ensoberbeciendo las ventanas Andar por la Dobrina con paso de
turista, el mapa en el bolsillo de mi sastre azul (con ese frío y
dejarme el abrigo en el Burglos), hasta una plaza contra el río, casi en
encima del río tronante de hielos rotos y barcazas y algún martín
pescador que allá se llamará sbunáia tjéno o algo peor.
Después de la plaza supuse que venía el
puente. Lo pensé y no quise seguir. Era la tarde del concierto de Elsa
Piaggio de Tarelli en el Odeón, me vestí sin ganas sospechando que
después me esperaría el insomnio. Este pensar de noche, tan noche… Quién
sabe si no me perdería. Una inventa nombres al viajar pensando, los
recuerda en el momento: Dobrina Stana, sbunáia tjéno, Burglos. Pero no
sé el nombre de la plaza, es como si de veras hubiera llegado a una
plaza de Budapest y estuviera perdida por no saber su nombre; ahí donde
un nombre es una plaza.
Ya voy, mamá. Llegaremos bien a tu Bach y
a tu Brahms. Es un camino tan simple. Sin plaza, sin Burglos. Aquí
nosotras, allá Elsa Piaggio. Qué triste haberme interrumpido, saber que
estoy en una plaza (pero esto ya no es cierto, solamente lo pienso y eso
es menos que nada). Y que al final de la plaza empieza el puente.
Noche
Empieza, sigue. Entre el final del
concierto y el primer bis hallé su nombre y el camino. La plaza Vladas,
el puente de los mercados. Por la plaza Vladas seguí hasta el nacimiento
del puente, un poco andando y queriendo a veces quedarme en casas o
vitrinas, en chicos abrigadísimos y fuentes con altos héroes de
emblanquecidas pelerinas, Tadeo Alanko y Vladislas Néroy, bebedores de
tokay y cimbalistas. Yo veía saludar a Elsa Piaggio entre un Chopin y
otro Chopin, pobrecita, y de mi platea se salía abiertamente a la plaza,
con la entrada del puente entre vastísimas columnas. Pero esto yo lo
pensaba, ojo, lo mismo que anagramar es la reina y… en vez de Alina
Reyes, o imaginarme a mamá en casa de los Suárez y no a mi lado. Es
bueno no caer en la sonsera: eso es cosa mía, nada más que dárseme la
gana, la real gana. Real porque Alina, vamos -No lo otro, no el sentirla
tener frío o que la maltratan. Esto se me antoja y lo sigo por gusto,
por saber adónde va, para enterarme si Luis María me lleva a Budapest,
si nos casamos y le pido que me lleve a Budapest. Más fácil salir a
buscar ese puente, salir en busca mía y encontrarme como ahora porque ya
he andado la mitad del puente entre gritos y aplausos, entre
«¡Álbeniz!» y más aplausos y «¡La polonesa!», como si esto tuviera
sentido entre la nieve arriscada que me empuja con el viento por la
espalda, manos de toalla de esponja llevándome por la cintura hacia el
medio del puente.
(Es más cómodo hablar en presente. Esto
era a las ocho, cuando Elsa Piaggio tocaba el tercer bis, creo que
Julián Aguirre o Carlos Guastavino, algo con pasto y pajaritos). Pero me
he vuelto canalla con el tiempo, ya no le tengo respeto. Me acuerdo que
un día pensé: «Allá me pegan, allá la nieve me entra por los zapatos y
esto lo sé en el momento, cuando me está ocurriendo allá yo lo sé al
mismo tiempo. ¿Pero por qué al mismo tiempo? A lo mejor me llega tarde, a
lo mejor no ha ocurrido todavía. A lo mejor le pegarán dentro de
catorce años, o ya es una cruz y una cifra en el cementerio de Santa
Úrsula. Y me parecía bonito, posible, tan idiota. Porque detrás de eso
una siempre cae en el tiempo parejo. Si ahora ella estuviera realmente
entrando en el puente, sé que lo sentiría ya mismo y desde aquí. Me
acuerdo que me paré a mirar el río que estaba sonando y chicoteando.
(Esto yo lo pensaba). Valía asomarse al parapeto del puente y sentir en
las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Valía quedarse un poco por la
vista, un poco por el miedo que me venía de adentro -o era el desabrigo,
la nevisca deshecha y mi tapado en el hotel-. Y después que yo soy
modesta, soy una chica sin humos, pero vengan a decirme de otra que le
haya pasado lo mismo, que viaje a Hungría en pleno Odeón. Eso le da frío
a cualquiera, che, aquí o en Francia.
Pero mamá me tironeaba la manga, ya casi
no había gente en la platea. Escribo hasta ahí, sin ganas de seguir
acordándome de lo que pensé. Me va a hacer mal si sigo acordándome. Pero
es cierto, cierto; pensé una cosa curiosa.
30 de enero
Pobre Luis María, qué idiota casarse
conmigo. No sabe lo que se echa encima. O debajo, como dice Nora que
posa de emancipada intelectual.
31 de enero
Iremos allá. Estuvo tan de acuerdo que
casi grito. Sentí miedo, me pareció que él entra demasiado fácilmente en
este juego. Y no sabe nada, es como el peoncito de dama que remata la
partida sin sospecharlo. Peoncito Luis María, al lado de su reina. De la
reina y –
7 de febrero
A curarse. No escribiré el final de lo
que había pensado en el concierto. Anoche la sentí sufrir otra vez. Sé
que allá me estarán pegando de nuevo. No puedo evitar saberlo, pero
basta de crónica. Si me hubiese limitado a dejar constancia de eso por
gusto, por desahogo… Era peor, un deseo de conocer al ir releyendo; de
encontrar claves en cada palabra tirada al papel después de tantas
noches. Como cuando pensé la plaza, el río roto y los ruidos, y después…
Pero no lo escribo, no lo escribiré ya nunca.
Ir allá a convencerme de que la soltería
me dañaba, nada más que eso, tener veintisiete años y sin hombre. Ahora
estará bien mi cachorro, mi bobo, basta de pensar, a ser al fin y para
bien.
Y sin embargo, ya que cerraré este
diario, porque una o se casa o escribe un diario, las dos cosas no
marchan juntas -Ya ahora no me gusta salirme de él sin decir esto con
alegría de esperanza, con esperanza de alegría. Vamos allá pero no ha de
ser como lo pensé la noche del concierto. (Lo escribo, y basta de
diario para bien mío.) En el puente la hallaré y nos miraremos. La noche
del concierto yo sentía en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Y
será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa
usurpación indebida y sorda. Se doblegará si realmente soy yo, se sumará
a mi zona iluminada, más bella y cierta; con sólo ir a su lado y
apoyarle una mano en el hombro.
*
Alina Reyes de Aráoz y su esposo
llegaron a Budapest el 6 de abril y se alojaron en el Ritz. Eso era dos
meses antes de su divorcio. En la tarde del segundo día Alina salió a
conocer la ciudad y el deshielo. Como le gustaba caminar sola -era
rápida y curiosa- anduvo por veinte lados buscando vagamente algo, pero
sin proponérselo demasiado, dejando que el deseo escogiera y se
expresara con bruscos arranques que la llevaban de una vidriera a otra,
cambiando aceras y escaparates.
Llegó al puente y lo cruzó hasta el
centro andando ahora con trabajo porque la nieve se oponía y del Danubio
crece un viento de abajo, difícil, que engancha y hostiga. Sentía cómo
la pollera se le pegaba a los muslos (no estaba bien abrigada) y de
pronto un deseo de dar vuelta, de volverse a la ciudad conocida. En el
centro del puente desolado la harapienta mujer de pelo negro y lacio
esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa, en el pliegue de las
manos un poco cerradas pero ya tendiéndose. Alina estuvo junto a ella
repitiendo, ahora lo sabía, gestos y distancias como después de un
ensayo general. Sin temor, liberándose al fin -lo creía con un salto
terrible de júbilo y frío- estuvo junto a ella y alargó también las
manos, negándose a pensar, y la mujer del puente se apretó contra su
pecho y las dos se abrazaron rígidas y calladas en el puente, con el río
trizado golpeando en los pilares.
A Alina le dolió el cierre de la cartera
que la fuerza del abrazo le clavaba entre los senos con una laceración
dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera y
absoluta dentro de su abrazo, con un crecer de felicidad igual a un
himno, a un soltarse de palomas, al río cantando. Cerró los ojos en la
fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular;
repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin celebrarlo
por tan suyo y por fin.
Le pareció que dulcemente una de las dos
lloraba. Debía ser ella porque sintió mojadas las mejillas, y el pómulo
mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También el cuello, y de
pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables. Al abrir los
ojos (tal vez gritaba ya) vio que se habían separado. Ahora sí gritó. De
frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos, porque
yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes lindísima en su sastre gris,
el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y
yéndose.
Rayuela ilustrada por Celeste Ciafarone
Hace tiempo encontré unas ilustraciones relacionadas con Rayuela, que me fascinaron sin embargo no supe quien era el autor de las mismas. Si no me equivoco, estas ilustraciones han estado ahí dando vueltas en internet, muchos de nosotros ya las hemos visto.
Resulta que hace poco tiempo dí por casualidad con la artista, su nombre es Celeste, Celeste Ciafarone.
Celeste es una chica Argentina viviendo en España, estudiante de la Universidad Politécnica de Valencia y becaria de la Universidad de Middlesex de Londres.
Ella, a través de sus ilustraciones nos pone al alcance su interpretación de Rayuela donde transmite emociones vivas que remueven y conmueven, hace falta mirar los trazos y la sensibilidad de cada una y todas las líneas que forman cada ilustración.
Pareciera que nos propone un universo, el universo Julio, el universo Cortázar en el cual como ya sabemos la Rayuela se juega con "una piedrita y la punta de un zapato".
Su proyecto "print making project - Rayuela" se compone de una serie de 10 ilustraciones.
Las palabras quedan cortas para describir cada una de ellas, las dejo para su apreciación y agradable sorpresa:
Para saber más de la ilustradora les dejo sus links:
Sitio ~ http://www.celesteciafarone.com/
Portafolio ~ http://www.behance.net/celesteciafarone
Twitter ~ @celestecia
Facebook ~ https://www.facebook.com/celesteciafaroneilustracion
Resulta que hace poco tiempo dí por casualidad con la artista, su nombre es Celeste, Celeste Ciafarone.
Celeste es una chica Argentina viviendo en España, estudiante de la Universidad Politécnica de Valencia y becaria de la Universidad de Middlesex de Londres.
Ella, a través de sus ilustraciones nos pone al alcance su interpretación de Rayuela donde transmite emociones vivas que remueven y conmueven, hace falta mirar los trazos y la sensibilidad de cada una y todas las líneas que forman cada ilustración.
Pareciera que nos propone un universo, el universo Julio, el universo Cortázar en el cual como ya sabemos la Rayuela se juega con "una piedrita y la punta de un zapato".
Su proyecto "print making project - Rayuela" se compone de una serie de 10 ilustraciones.
Las palabras quedan cortas para describir cada una de ellas, las dejo para su apreciación y agradable sorpresa:
El encanto es que, Celeste con su apreciación nos envuelve a todos los que compartimos la pasión de la novela en una atmósfera metafísica, así como los ríos; parafraseando a Julio hay quienes los escriben, definen y desean y hay otros que los nadan...
Para saber más de la ilustradora les dejo sus links:
Sitio ~ http://www.celesteciafarone.com/
Portafolio ~ http://www.behance.net/celesteciafarone
Twitter ~ @celestecia
Facebook ~ https://www.facebook.com/celesteciafaroneilustracion
Los tangos de Cortázar
Cuando se relacionan los términos Cortázar y música uno normalmente tiende a pensar en el jazz, en figuras como Duke Ellington, Charlie Parker o Earl Hines, tal y como se muestra en Rayuela o en "El perseguidor" de Las armas secretas.
Pero Cortázar no era simplemente el típico sudamericano afincado en París, cuna de la cultura europea, y desarraigado de su propio país, que se decidió definitivamente por la civilización en la contienda clásica de Hispanoamérica entre civilización y barbarie. Cortázar, como otros muchos sudamericanos, es un sudamericano que se debate entre el amor por su patria y la cultura cosmopolita europea. Este conflicto se desarrolla en Rayuela, y no hay que olvidar que para Cortázar Argentina era el lado de acá y París era el lado de allá.
No se puede decir desde luego que Cortázar olvidara por completo su patria, y buena muestra de ello es su relato "Torito". Y por supuesto, tampoco olvidaba Cortázar los tangos.
En 1953, estando en París, unos amigos dejaron a Cortázar un victrola y unos discos de Carlos Gardel. A partir de esa experiencia Cortázar evoca a Gardel en un precioso texto lleno de añoranza y ternura. Para Cortázar sólo existe una forma de escuchar a Gardel, no en directo, sino a través de un viejo victrola, en discos gastados acariciados por la púa, en noches de verano, y cebando mate.
Los tangos escritos por Julio Cortázar me cautivaron por completo y descubrí que Cortázar tiene un disco de tangos junto con Edgardo Cantón e interpretados por Juan Cedrón, editado en el año 80 y reeditado en el 95 llamado Trottoirs de Buenos Aires.
En el disco se incluyen los siguientes tangos,
01 Medianoche, aquí
02 Guante azul
03 Tu piel bajo la luna
04 Tras su rastro
05 Veredas de Buenos Aires
06 El buscador
07 Java
08 La camarada
09 Paso y quiero
10 La cruz del sur
Especialmente hay dos que me encantan,
Adicionalmente me di a la tarea buscar el disco Trottoirs de Buenos Aires y aunque no fue tarea fácil, aquí se los dejo para que lo disfruten.
Pero Cortázar no era simplemente el típico sudamericano afincado en París, cuna de la cultura europea, y desarraigado de su propio país, que se decidió definitivamente por la civilización en la contienda clásica de Hispanoamérica entre civilización y barbarie. Cortázar, como otros muchos sudamericanos, es un sudamericano que se debate entre el amor por su patria y la cultura cosmopolita europea. Este conflicto se desarrolla en Rayuela, y no hay que olvidar que para Cortázar Argentina era el lado de acá y París era el lado de allá.
No se puede decir desde luego que Cortázar olvidara por completo su patria, y buena muestra de ello es su relato "Torito". Y por supuesto, tampoco olvidaba Cortázar los tangos.
En 1953, estando en París, unos amigos dejaron a Cortázar un victrola y unos discos de Carlos Gardel. A partir de esa experiencia Cortázar evoca a Gardel en un precioso texto lleno de añoranza y ternura. Para Cortázar sólo existe una forma de escuchar a Gardel, no en directo, sino a través de un viejo victrola, en discos gastados acariciados por la púa, en noches de verano, y cebando mate.
Los tangos escritos por Julio Cortázar me cautivaron por completo y descubrí que Cortázar tiene un disco de tangos junto con Edgardo Cantón e interpretados por Juan Cedrón, editado en el año 80 y reeditado en el 95 llamado Trottoirs de Buenos Aires.
En el disco se incluyen los siguientes tangos,
01 Medianoche, aquí
02 Guante azul
03 Tu piel bajo la luna
04 Tras su rastro
05 Veredas de Buenos Aires
06 El buscador
07 Java
08 La camarada
09 Paso y quiero
10 La cruz del sur
Especialmente hay dos que me encantan,
Adicionalmente me di a la tarea buscar el disco Trottoirs de Buenos Aires y aunque no fue tarea fácil, aquí se los dejo para que lo disfruten.
Carta de Julio Cortázar a Roberto Fernandez Retamar: Sobre Rayuela.
![]() |
| Cortázar con Roberto Fernández Retamar, Casa de las Américas, Cuba, 1979 |
París, 17 de agosto de 1964
Querido Roberto:
Perdóname por escribirte a máquina, pero es una costumbre de la que ya no sé privarme y que me permite ser eternamente espontáneo e ir diciendo lo que me nace de más adentro. Anoche me entregaron tu carta del 3 de Junio (¡cuánto tiempo, ya!) y me sentí tan emocionado y tan feliz por lo que me decías en ella que entré como en un trance, en una casilla zodiacal increíblemente vasta y próspera. Todavía no he salido de ella, y te escribo bajo esa impresión maravillosa de que un poeta como tú, que además es un amigo, haya encontrado en Rayuela todo lo que yo puse o traté de poner, y que el libro haya sido un puente entre tú y yo y que ahora, después de tu carta, yo te sienta tan cerca de mí y tan amigo. No sé si cuando te escribí hace unos meses para hablarte de tus poemas, supe expresar bien lo que sentía. Tú, en tu carta, me dices tantas cosas en unas pocas líneas que es como si me hubieras mandado un signo fabuloso, uno de esos anillos míticos que llegan a la mano del héroe o del rey después de incontables misterios y hazañas, y allí está condensado todo, más acá de la palabra y de las meras razones: algo que es como un encuentro para siempre, un pacto que hace caer las barreras del tiempo y la distancia.
Mira, desde luego que lo que hayas podido encontrar de bueno en el libro me hace muy feliz; pero creo que en el fondo lo que más me ha estremecido es esa maravillosa frase, esa pregunta que resume tantas frustraciones y tantas esperanzas: "¿De modo que se puede escribir así por uno de nosotros?" Créeme, no tiene ninguna importancia que haya sido yo el que escribiera así, quizá por primera vez. Lo único que importa es que estemos llegando a un tiempo americano en el que se pueda empezar a escribir así (o de otro modo, pero así, es decir con todo lo que tú connotas al subrayar la palabra). Hace unos meses, Miguel Ángel Asturias se alegraba de que un libro mío y uno de él estuvieran a la cabeza de las listas de best-sellers en Buenos Aires. Se alegraba pensando que se hacía justicia a dos escritores latinoamericanos. Yo le dije que eso estaba bien, pero que había algo mucho más importante: la presencia, por primera vez, de un público lector que distinguía a sus propios autores en vez de relegarlos y dejarse llevar por la manía de las traducciones y el snobismo del escritor europeo o yanqui de moda. Sigo creyendo que hay ahí un hecho trascendental, incluso para un país donde las cosas van tan mal como en el mío. Cuando yo tenía 20 años, un escritor argentino llamado Borges vendía apenas 500 ejemplares de algún maravilloso tomo de cuentos. Hoy cualquier buen novelista o cuentista rioplatense tiene la seguridad de que un público inteligente y numeroso va a leerlo y juzgarlo. Es decir que los signos de madurez (dentro de los errores, los retrocesos, las torpezas horribles de nuestras políticas sudamericanas y nuestras economías semi-coloniales) se manifiestan de alguna manera, y en este caso de una manera particularmente importante, a través de la gran literatura. Por eso no es tan raro que ya haya llegado la hora de escribir así, Roberto, y ya verás que junto con mi libro o después de él van a aparecer muchos que te llenarán de alegría. Mi libro ha tenido una gran repercusión, sobre todo entre los jóvenes, porque se han dado cuenta de que en él se los invita a acabar con las tradiciones literarias sudamericanas que, incluso en sus formas más vanguardistas, han respondido siempre a nuestros complejos de inferioridad, a eso de "ser nosotros tan pobres", como dices a propósito del elogio de Rubén a Martí. Ingenuamente, un periodista mexicano escribió que Rayuela era la declaración de independencia de la novela latinoamericana. La frase es tonta pero encierra una clara alusión a esa inferioridad que hemos tolerado estúpidamente tanto tiempo, y de la que saldremos como salen todos los pueblos cuando les llega su hora. No me creas demasiado optimista; conozco a mi país, y a muchos otros que lo rodean. Pero hay signos, hay signos. . . Estoy contento de haber empezado a hacer lo que a mí me tocaba, y que un hombre como tú lo haya sentido y me lo haya dicho.
Gracias por haberle mostrado a Lezama cuánto me acuerdo siempre de él y lo mucho que lo admiro. Hace tiempo que quiero escribirle, pero me intimida un poco; vuelvo a acordarme de la noche en que cené con él y lo escuché decir cosas maravillosas, como un lento volcán de palabras. Sí, él es uno de los que me llacen tener confianza en nuestras tierras, en lo que habrá de ser finalmente esa América misteriosa.
Oye, ahora quiero decirte que si es cierto que vas a escribir algo sobre mi libro, me das desde ya una enorme alegría. He leído muchas críticas, algunas justísimas e inteligentes; pero el tono que hay en tu carta, ese contacto por debajo que hay entre lo que me dices y lo que yo soy en mi libro, no lo he encontrado hasta ahora. Por supuesto, si escribes algo tendrás que pensar en el lector y tomar tus distancias; pero te has acercado tanto que cualquier cosa que digas de mi libro será siempre una vivencia, como hubiera querido el pobre Oliveira, y no una valoración de magister, de las que me llegan docenas y que yo olvido minuciosamente.
Quiero que sepas que Aurora y yo fuimos muy felices la noche en que estuviste con tu mujer en casa, y que esperamos siempre que vuelvan a Europa y podamos vernos más y mejor. Natalia Revuelta, que me trajo tu carta tan gentilmente, habló de que quizá fueras a Oriente a estudiar problemas literarios o culturales (la información era muy nebulosa, pero se mencionó el Japón y la India). Si así fuera, lo que me parecería fabuloso, supongo que pasarás por Europa antes o después, y que me avisarás con tiempo. Yo no soy divertido como contertulio, ya sabes que los argentinos estamos todos metidos para adentro y si algo sacamos a veces es las uñas (y al divino botón, diría alguien que conozco); pero si me tienes paciencia sé que podremos hablar de verdad de tantas cosas. Con ustedes, los cubanos, yo me desnudo como frente al mar; los amigos de allá lo notaron y me lo dijeron. Mira si me hacen bien, mira si tendré razones para quererlos tanto.
Dales mis afectos a Calvert Casey, a Arrufat, a Lisandro Otero, a Edmundo Desnoes, y por supuesto a Lezama. Un gran abrazo de Aurora para ustedes dos. Yo no sé cómo despedirme.
Mira, desde luego que lo que hayas podido encontrar de bueno en el libro me hace muy feliz; pero creo que en el fondo lo que más me ha estremecido es esa maravillosa frase, esa pregunta que resume tantas frustraciones y tantas esperanzas: "¿De modo que se puede escribir así por uno de nosotros?" Créeme, no tiene ninguna importancia que haya sido yo el que escribiera así, quizá por primera vez. Lo único que importa es que estemos llegando a un tiempo americano en el que se pueda empezar a escribir así (o de otro modo, pero así, es decir con todo lo que tú connotas al subrayar la palabra). Hace unos meses, Miguel Ángel Asturias se alegraba de que un libro mío y uno de él estuvieran a la cabeza de las listas de best-sellers en Buenos Aires. Se alegraba pensando que se hacía justicia a dos escritores latinoamericanos. Yo le dije que eso estaba bien, pero que había algo mucho más importante: la presencia, por primera vez, de un público lector que distinguía a sus propios autores en vez de relegarlos y dejarse llevar por la manía de las traducciones y el snobismo del escritor europeo o yanqui de moda. Sigo creyendo que hay ahí un hecho trascendental, incluso para un país donde las cosas van tan mal como en el mío. Cuando yo tenía 20 años, un escritor argentino llamado Borges vendía apenas 500 ejemplares de algún maravilloso tomo de cuentos. Hoy cualquier buen novelista o cuentista rioplatense tiene la seguridad de que un público inteligente y numeroso va a leerlo y juzgarlo. Es decir que los signos de madurez (dentro de los errores, los retrocesos, las torpezas horribles de nuestras políticas sudamericanas y nuestras economías semi-coloniales) se manifiestan de alguna manera, y en este caso de una manera particularmente importante, a través de la gran literatura. Por eso no es tan raro que ya haya llegado la hora de escribir así, Roberto, y ya verás que junto con mi libro o después de él van a aparecer muchos que te llenarán de alegría. Mi libro ha tenido una gran repercusión, sobre todo entre los jóvenes, porque se han dado cuenta de que en él se los invita a acabar con las tradiciones literarias sudamericanas que, incluso en sus formas más vanguardistas, han respondido siempre a nuestros complejos de inferioridad, a eso de "ser nosotros tan pobres", como dices a propósito del elogio de Rubén a Martí. Ingenuamente, un periodista mexicano escribió que Rayuela era la declaración de independencia de la novela latinoamericana. La frase es tonta pero encierra una clara alusión a esa inferioridad que hemos tolerado estúpidamente tanto tiempo, y de la que saldremos como salen todos los pueblos cuando les llega su hora. No me creas demasiado optimista; conozco a mi país, y a muchos otros que lo rodean. Pero hay signos, hay signos. . . Estoy contento de haber empezado a hacer lo que a mí me tocaba, y que un hombre como tú lo haya sentido y me lo haya dicho.
Gracias por haberle mostrado a Lezama cuánto me acuerdo siempre de él y lo mucho que lo admiro. Hace tiempo que quiero escribirle, pero me intimida un poco; vuelvo a acordarme de la noche en que cené con él y lo escuché decir cosas maravillosas, como un lento volcán de palabras. Sí, él es uno de los que me llacen tener confianza en nuestras tierras, en lo que habrá de ser finalmente esa América misteriosa.
Oye, ahora quiero decirte que si es cierto que vas a escribir algo sobre mi libro, me das desde ya una enorme alegría. He leído muchas críticas, algunas justísimas e inteligentes; pero el tono que hay en tu carta, ese contacto por debajo que hay entre lo que me dices y lo que yo soy en mi libro, no lo he encontrado hasta ahora. Por supuesto, si escribes algo tendrás que pensar en el lector y tomar tus distancias; pero te has acercado tanto que cualquier cosa que digas de mi libro será siempre una vivencia, como hubiera querido el pobre Oliveira, y no una valoración de magister, de las que me llegan docenas y que yo olvido minuciosamente.
Quiero que sepas que Aurora y yo fuimos muy felices la noche en que estuviste con tu mujer en casa, y que esperamos siempre que vuelvan a Europa y podamos vernos más y mejor. Natalia Revuelta, que me trajo tu carta tan gentilmente, habló de que quizá fueras a Oriente a estudiar problemas literarios o culturales (la información era muy nebulosa, pero se mencionó el Japón y la India). Si así fuera, lo que me parecería fabuloso, supongo que pasarás por Europa antes o después, y que me avisarás con tiempo. Yo no soy divertido como contertulio, ya sabes que los argentinos estamos todos metidos para adentro y si algo sacamos a veces es las uñas (y al divino botón, diría alguien que conozco); pero si me tienes paciencia sé que podremos hablar de verdad de tantas cosas. Con ustedes, los cubanos, yo me desnudo como frente al mar; los amigos de allá lo notaron y me lo dijeron. Mira si me hacen bien, mira si tendré razones para quererlos tanto.
Dales mis afectos a Calvert Casey, a Arrufat, a Lisandro Otero, a Edmundo Desnoes, y por supuesto a Lezama. Un gran abrazo de Aurora para ustedes dos. Yo no sé cómo despedirme.
Digamos que sigue en el capítulo...
Pero también un abrazo muy fuerte,
Pero también un abrazo muy fuerte,
Julio.
Las casillas de Rayuela en Julio
Sus cuentos (releo con la misma fruición de la primera vez Autopista al sur, La señorita Cora, Continuidad en los parques, La casa tomada), su ensayo sobre Rimbaud, su texto biográfico sobre Poe, su aproximación crítica a la teoría del cuento, su nouvelle El Perseguidor. Pero su gran jugada, la que merece un monumento, es Rayuela.
Se sabe que cuando Cortázar terminó Rayuela le tenía otro nombre. La novela se iba a llamar Mandala y esto es muy sugerente, porque el Mandala es un símbolo gráfico que representa las capas espirituales más profundas de un ser que se busca.
Veamos el contenido de sus casillas,
Casilla 1: Llega a Buenos Aires proveniente de Bruselas siendo un niño de cuatro años, que sólo habla francés y apenas ensaya algunas palabras mal pronunciadas en español. Sus compañeros de escuela se burlan de él, su padre lo abandona para siempre, su cuerpo crece de manera desproporcionada, sus huesos son débiles y se parten con facilidad al caer de una bicicleta. Entonces, se encierra en el armario de su cuarto, en total oscuridad y comienza a escuchar los sonidos de esas otras dimensiones que después las conocimos sus lectores por él. Cortázar inaugura así en la literatura hispanoamericana un género fantástico distinto al de Felisberto Hernández y al de Borges: es lo sobrenatural dentro de lo natural, lo fantástico siempre está en la realidad si sabemos mirar y oír de una manera diferente.
Casilla 2: El tímido maestro de escuela primaria. Se sonroja por todo. Se empieza a cansar de sus fantasmas y decide leerse toda la cultura occidental. En menos de dos años lee y traduce a sus escritores favoritos en lengua inglesa. Son años de lector compulsivo que le dan la sólida cultura que conoceremos luego por sus ensayos críticos y, sobre todo, por la futura erudición de Oliveira.
Casilla 3: En una tarde de sol, caminando por la calle Corrientes de Buenos Aires, se encuentra con dos pasiones simultáneas que terminan siendo una sola: la música del Jazz y el amor desenfrenado de Aurora Bernardez. Descubre que el ritmo lo es todo. Sólo la música penetra la máscara de las palabras, las sombras chinescas de los conceptos, el frío muro racional del pensamiento cartesiano. Una sola fuga de Bach derrumba el monstruoso edificio arquitectónico de las categorías de Kant. De ahí ese personaje enigmático del Perseguidor, que al poseer el don del ritmo de las otras dimensiones, es capaz de penetrar lo sagrado por medio de su saxofón.
Casilla 4: Un puente de París en una noche de lluvia. Cortázar mira el agua del río Sena y siente un profundo deseo de tirarse y de morir ahogado. No sería el primero ni el último. Se ha desencantado del mundo, está solo al igual que el universo en donde vive. Estas son las tierras arrasadas por el olvido de un Dios ausente. No es que se le haya extraviado el sentido de la vida, porque uno nunca pierde aquello que jamás ha tenido. Simplemente toca fondo. Morir en París, puede ser mejor que seguir viviendo en el infierno mental de su angustia.
Sin embargo, cuando decide quitarse el abrigo y regalárselo a un Clochard, para que no se desperdicie en el fondo del río, le surge la idea de su novela, su Rayuela, Oliveira, la Maga, Rocamadur, los miembros del Club de la Serpiente, Morelli, la utopía de la novela total, o sea, de la antinovela, escribir una novela que mate la literatura pomposa y seria. Jugar a decirlo todo desde el principio, con otros lenguajes de los que, al igual que el poeta Hofmannsthal, él tampoco conocía ni una sola palabra. Rayuela nace esa misma noche en la que el hombre Cortázar renunció a encontrarle a su existencia una certeza metafísica. Por eso, la auténtica literatura es asunto de descreídos y nunca de militantes.
Casilla 5: Cortázar es los otros: cada uno de sus personajes es un pasadizo oculto de su inconsciente que se muestra a la luz del mundo. La Maga es el arquero Zen: el descubrimiento del budismo, la ilusión del yo, la vacuidad, el lenguaje del silencio, el rechazo a la dialéctica, el zambullirse en la vida misma sin los flotadores existenciales de los prejuicios o de las esperanzas.
Oliveira es el flaneur en las calles del París de Baudelaire, el "matador de brújulas" que sabe que la ciudad luz es una metáfora de su propia angustia: Cada esquina, cada barrio, cada avenida es el mapa incompleto del sentido oculto de su propia vida. Oliveira es Cortázar antes de renunciar a la ilusión de las certezas metafísicas, un ateo que mientras niega la existencia de un Dios, se arrodilla a pedir perdón por lo que no comprende.
Casilla 6: Le llega a Cortázar la fama literaria universal. Incluso, mientras todavía cree que: "No me hago la ilusión de que podré lograr algo trascendental".
Casilla 7: Cortázar sigue creciendo. Pero esto no es una metáfora sino un signo de reactivación de su antigua enfermedad: la acromegalia. A su vida y a su obra las impregna la nostalgia, esa nostalgia del tiempo perdido que había descrito enRayuela, cuando le hizo decir a Oliveira que: "Después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás".
Casilla 8: Julio y su novia Carol se contaminan por una transfusión de sangre a comienzos de los años ochenta. A los cuatro años ambos estaban muertos.
Casilla 9: Cada vez que leemos a Cortázar sabemos de su inmortalidad y recordamos sus palabras: "Cuando se ha salido de la infancia... se olvida que para llegar al cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato".
Casilla 10: Esta casilla es el cielo. Pero como dijo muy bien Wittgenstein: "De lo que no se puede hablar es mejor guardar silencio".
Extracto de: Elogio de la profundidad por Orlando Mejía-Rivera
Fuente: Revista ALEPH Febrero 2007
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