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15 abril 2011

Las casillas de Rayuela en Julio

Sus cuentos (releo con la misma fruición de la primera vez Autopista al surLa señorita CoraContinuidad en los parquesLa casa tomada), su ensayo sobre Rimbaud, su texto biográfico sobre Poe, su aproximación crítica a la teoría del cuento, su nouvelle El Perseguidor. Pero su gran jugada, la que merece un monumento, es Rayuela.

Se sabe que cuando Cortázar terminó Rayuela le tenía otro nombre. La novela se iba a llamar Mandala y esto es muy sugerente, porque el Mandala es un símbolo gráfico que representa las capas espirituales más profundas de un ser que se busca.

Veamos el contenido de sus casillas,

Casilla 1: Llega a Buenos Aires proveniente de Bruselas siendo un niño de cuatro años, que sólo habla francés y apenas ensaya algunas palabras mal pronunciadas en español. Sus compañeros de escuela se burlan de él, su padre lo abandona para siempre, su cuerpo crece de manera desproporcionada, sus huesos son débiles y se parten con facilidad al caer de una bicicleta. Entonces, se encierra en el armario de su cuarto, en total oscuridad y comienza a escuchar los sonidos de esas otras dimensiones que después las conocimos sus lectores por él. Cortázar inaugura así en la literatura hispanoamericana un género fantástico distinto al de Felisberto Hernández y al de Borges: es lo sobrenatural dentro de lo natural, lo fantástico siempre está en la realidad si sabemos mirar y oír de una manera diferente.

Casilla 2: El tímido maestro de escuela primaria. Se sonroja por todo. Se empieza a cansar de sus fantasmas y decide leerse toda la cultura occidental. En menos de dos años lee y traduce a sus escritores favoritos en lengua inglesa. Son años de lector compulsivo que le dan la sólida cultura que conoceremos luego por sus ensayos críticos y, sobre todo, por la futura erudición de Oliveira.

Casilla 3: En una tarde de sol, caminando por la calle Corrientes de Buenos Aires, se encuentra con dos pasiones simultáneas que terminan siendo una sola: la música del Jazz y el amor desenfrenado de Aurora Bernardez. Descubre que el ritmo lo es todo. Sólo la música penetra la máscara de las palabras, las sombras chinescas de los conceptos, el frío muro racional del pensamiento cartesiano. Una sola fuga de Bach derrumba el monstruoso edificio arquitectónico de las categorías de Kant. De ahí ese personaje enigmático del Perseguidor, que al poseer el don del ritmo de las otras dimensiones, es capaz de penetrar lo sagrado por medio de su saxofón.

Casilla 4: Un puente de París en una noche de lluvia. Cortázar mira el agua del río Sena y siente un profundo deseo de tirarse y de morir ahogado. No sería el primero ni el último. Se ha desencantado del mundo, está solo al igual que el universo en donde vive. Estas son las tierras arrasadas por el olvido de un Dios ausente. No es que se le haya extraviado el sentido de la vida, porque uno nunca pierde aquello que jamás ha tenido. Simplemente toca fondo. Morir en París, puede ser mejor que seguir viviendo en el infierno mental de su angustia.
Sin embargo, cuando decide quitarse el abrigo y regalárselo a un Clochard, para que no se desperdicie en el fondo del río, le surge la idea de su novela, su Rayuela, Oliveira, la Maga, Rocamadur, los miembros del Club de la Serpiente, Morelli, la utopía de la novela total, o sea, de la antinovela, escribir una novela que mate la literatura pomposa y seria. Jugar a decirlo todo desde el principio, con otros lenguajes de los que, al igual que el poeta Hofmannsthal, él tampoco conocía ni una sola palabra. Rayuela nace esa misma noche en la que el hombre Cortázar renunció a encontrarle a su existencia una certeza metafísica. Por eso, la auténtica literatura es asunto de descreídos y nunca de militantes.

Casilla 5: Cortázar es los otros: cada uno de sus personajes es un pasadizo oculto de su inconsciente que se muestra a la luz del mundo. La Maga es el arquero Zen: el descubrimiento del budismo, la ilusión del yo, la vacuidad, el lenguaje del silencio, el rechazo a la dialéctica, el zambullirse en la vida misma sin los flotadores existenciales de los prejuicios o de las esperanzas.
Oliveira es el flaneur en las calles del París de Baudelaire, el "matador de brújulas" que sabe que la ciudad luz es una metáfora de su propia angustia: Cada esquina, cada barrio, cada avenida es el mapa incompleto del sentido oculto de su propia vida. Oliveira es Cortázar antes de renunciar a la ilusión de las certezas metafísicas, un ateo que mientras niega la existencia de un Dios, se arrodilla a pedir perdón por lo que no comprende.

Casilla 6: Le llega a Cortázar la fama literaria universal. Incluso, mientras todavía cree que: "No me hago la ilusión de que podré lograr algo trascendental".

Casilla 7: Cortázar sigue creciendo. Pero esto no es una metáfora sino un signo de reactivación de su antigua enfermedad: la acromegalia. A su vida y a su obra las impregna la nostalgia, esa nostalgia del tiempo perdido que había descrito enRayuela, cuando le hizo decir a Oliveira que: "Después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás".

Casilla 8: Julio y su novia Carol se contaminan por una transfusión de sangre a comienzos de los años ochenta. A los cuatro años ambos estaban muertos.

Casilla 9: Cada vez que leemos a Cortázar sabemos de su inmortalidad y recordamos sus palabras: "Cuando se ha salido de la infancia... se olvida que para llegar al cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato".

Casilla 10: Esta casilla es el cielo. Pero como dijo muy bien Wittgenstein: "De lo que no se puede hablar es mejor guardar silencio".

Extracto de: Elogio de la profundidad por Orlando Mejía-Rivera
Fuente: Revista ALEPH Febrero 2007

01 abril 2011

“Los textos de Cortázar son máquinas de pensar”

Me he encontrado en Pagina|12 un análisis interesante sobre los rasgos estilísticos de Julio Cortázar contrastándolo con Jorge Luis Borges a cargo de la escritora Luisa Valenzuela.

Les dejo a continuación el mismo:
Cortázar era un ser extraordinario, de una calidez humana muy profunda. Se interesaba mucho por los escritores jóvenes; en ese sentido era lo contrario de Borges, que dijo que a los jóvenes poetas había que disuadirlos”, dice Luisa Valenzuela a pocas horas de partir hacia México, donde participará del coloquio sobre el escritor organizado por la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar, de la Universidad de Guadalajara. “Yo creo que cuando Carlos Fuentes y García Márquez decidieron donar sus premios nacionales para hacer una cátedra, lo eligieron a él por la calidad de su obra y porque tenían una enorme devoción por su nobleza: Cortázar se sacrificó mucho por las causas en las que creía”, agrega la escritora, en referencia al apoyo del autor de Rayuela a las revoluciones en Cuba y Nicaragua.
No será aquél el único contraste que aparezca en la entrevista en torno de Borges y Cortázar, a quienes Valenzuela considera “nuestros dos grandes polos, los dos grandes escritores argentinos”. Luego de evocar un congreso en La Habana en los años ‘60, en el que José Lezama Lima destacaba el carácter “latinoamericano, argentino y porteño” de la prosa de Cortázar, Valenzuela subraya que quizás Borges sea mucho más universal porque su obra se nutre de raíces literarias muy diversas. “Cortázar es más difícil de traducir, porque está lleno de regionalismos; como trabaja desde dentro del lenguaje, es difícil también dar una idea cabal de lo que él puede decir en algunos idiomas que no funcionan con una gramática latina. Pero hay una gran fascinación por su obra: yo conozco gente en México que recita páginas enteras de Rayuela de memoria. En toda América latina es un escritor sumamente amado. Su obra tiene plena vigencia. Y otra cosa: aun los que se limitan a apreciar lo de los cronopios y los famas, que es lo más fácil, también entran en sus mecanismos de textos como máquinas de pensar, máquinas que generan otras ideas y son estímulos de pensamiento. De alguna manera, Borges, a quien admiro profundamente, es tan preciso, perfecto, clausurante, que ahí no entra nada más. Mientras Borges es totalmente centrípeto, Cortázar, en cambio, es totalmente centrífugo: en él entra todo, y uno se puede sentir hermanado con ese espacio que él abre a los demás.”
–¿En qué basará su exposición en Guadalajara?
–Voy a proponer que se lo considere a Cortázar como el eximio y excelso “payaso sagrado”. En algunas culturas indígenas, sobre todo en América del Norte, los payasos sagrados son los personajes que pueden romper la sacralidad, los rituales, y son aún más considerados y respetados que los mismos representantes de los dioses, porque son los que entienden el mundo del más allá y el del más acá. Son los que entienden el lenguaje, del otro lado del mundo y de éste. Y yo creo que Cortázar era el epítome en ese sentido, porque él siempre estaba tratando de empujar el límite, de ver qué había del otro lado, de ver cómo la muerte estaba presente en la vida. Su mundo no era de dicotomías, y para él todo, de alguna manera, estaba imbricado.
–Y esto se relacionaría, también, con la pasión de Cortázar con lo lúdico, un rasgo saliente de su obra.
–Claro: el payaso sagrado es lúdico en serio. Cortázar decía que derivaba de la patafísica, cuyo principal precepto es no tomarse lo serio en serio. El trabajaba con temas de enorme seriedad y de golpe abría este juego. Porque creía que el juego abre la puerta para avizorar cosas que no pueden comprenderse de otra manera. Cortázar decía que de chico había sido muy serio, muy adulto; y de adulto, a la hora de escribir, utilizó mucho aquella mirada “seria” de niño que veía con ojos siempre nuevos, renovados.
–Cuando Cortázar empezó a incluir en sus ficciones temáticas políticas, ¿qué pasó con esta intención lúdica?
–Yo creo que se metió en política por un profundo amor a la humanidad; en un momento dado entendió que tenía que jugarse. Venía de una clase literaria argentina, casi diría que liderada por Borges, que decía que no se podía pensar una novela comprometida, que el compromiso político de alguna manera estropeaba la literatura. Cortázar comprendió que eso no necesariamente es así. Por mucho tiempo intentó mantener ambas cosas separadas; yo creo que fue cuando mejor escribió. Y creo que escribe sus cosas más flojas cuando intenta mezclarlo, como en Libro de Manuel, pero ahí también hay tramos magistrales. Su sueño era poder imbricar ese mundo de la pura poesía, de la pura literatura, con la visión política. Yo creo que es factible y que lo hizo cuando no quiso hacerlo, primero jugando con Fantomas y los vampiros transnacionales, pero también en ese cuento maravilloso que habla de Laura Bonaparte...
–Recortes de prensa.
–Ese cuento es bellísimo. Y también lo hizo en otros cuentos, como Graffiti. Poco antes de morir, Cortázar me contó un sueño: le entregaban un libro impreso en el que veía, por fin, que había podido aunar esos dos mundos, el de sus creencias políticas y el del arte. Un libro perfecto, impecable, que estaba hecho de figuras geométricas, no de palabras. El quería volver a la literatura pura, pero se sentía en la obligación, cuando le pedían un texto para cualquier revista, de escribir sobre política.
–¿Qué destaca entre su obra?
–Sus cuentos, en general, son extraordinarios. Rayuela fue un deslumbramiento: lo leí de una manera y lo volví a leer de otra, y no quería abandonar nunca ese universo tan complejo, tan magistralmente narrado. Pero el libro que más me gusta es 62: modelo para armar. Ahí está de nuevo lo que no puede ser dicho, ese momento que toca lo inefable con la ciudad, los sueños que comparten sus personajes.
–¿Influye, hoy, su obra?
–En su momento, Rayuela debe haber tenido millones de imitadores. Pero ahora no, no creo. Sus textos son muy inquietantes. En general los escritores de acá tratan de encontrar respuestas, o argumentos tranquilizadores, aunque se cuenten cosas aterradoras: de alguna manera, quizás un poco maniquea, los malos van en un lugar y los buenos en otro. En Cortázar no existe ese maniqueísmo: sus mundos, como dije antes, están imbricados, y eso despierta inquietud. Es lo que me interesa.
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Las casillas de Rayuela en Julio

Sus cuentos (releo con la misma fruición de la primera vez Autopista al surLa señorita CoraContinuidad en los parquesLa casa tomada), su ensayo sobre Rimbaud, su texto biográfico sobre Poe, su aproximación crítica a la teoría del cuento, su nouvelle El Perseguidor. Pero su gran jugada, la que merece un monumento, es Rayuela.

Se sabe que cuando Cortázar terminó Rayuela le tenía otro nombre. La novela se iba a llamar Mandala y esto es muy sugerente, porque el Mandala es un símbolo gráfico que representa las capas espirituales más profundas de un ser que se busca.

Veamos el contenido de sus casillas,

Casilla 1: Llega a Buenos Aires proveniente de Bruselas siendo un niño de cuatro años, que sólo habla francés y apenas ensaya algunas palabras mal pronunciadas en español. Sus compañeros de escuela se burlan de él, su padre lo abandona para siempre, su cuerpo crece de manera desproporcionada, sus huesos son débiles y se parten con facilidad al caer de una bicicleta. Entonces, se encierra en el armario de su cuarto, en total oscuridad y comienza a escuchar los sonidos de esas otras dimensiones que después las conocimos sus lectores por él. Cortázar inaugura así en la literatura hispanoamericana un género fantástico distinto al de Felisberto Hernández y al de Borges: es lo sobrenatural dentro de lo natural, lo fantástico siempre está en la realidad si sabemos mirar y oír de una manera diferente.

Casilla 2: El tímido maestro de escuela primaria. Se sonroja por todo. Se empieza a cansar de sus fantasmas y decide leerse toda la cultura occidental. En menos de dos años lee y traduce a sus escritores favoritos en lengua inglesa. Son años de lector compulsivo que le dan la sólida cultura que conoceremos luego por sus ensayos críticos y, sobre todo, por la futura erudición de Oliveira.

Casilla 3: En una tarde de sol, caminando por la calle Corrientes de Buenos Aires, se encuentra con dos pasiones simultáneas que terminan siendo una sola: la música del Jazz y el amor desenfrenado de Aurora Bernardez. Descubre que el ritmo lo es todo. Sólo la música penetra la máscara de las palabras, las sombras chinescas de los conceptos, el frío muro racional del pensamiento cartesiano. Una sola fuga de Bach derrumba el monstruoso edificio arquitectónico de las categorías de Kant. De ahí ese personaje enigmático del Perseguidor, que al poseer el don del ritmo de las otras dimensiones, es capaz de penetrar lo sagrado por medio de su saxofón.

Casilla 4: Un puente de París en una noche de lluvia. Cortázar mira el agua del río Sena y siente un profundo deseo de tirarse y de morir ahogado. No sería el primero ni el último. Se ha desencantado del mundo, está solo al igual que el universo en donde vive. Estas son las tierras arrasadas por el olvido de un Dios ausente. No es que se le haya extraviado el sentido de la vida, porque uno nunca pierde aquello que jamás ha tenido. Simplemente toca fondo. Morir en París, puede ser mejor que seguir viviendo en el infierno mental de su angustia.
Sin embargo, cuando decide quitarse el abrigo y regalárselo a un Clochard, para que no se desperdicie en el fondo del río, le surge la idea de su novela, su Rayuela, Oliveira, la Maga, Rocamadur, los miembros del Club de la Serpiente, Morelli, la utopía de la novela total, o sea, de la antinovela, escribir una novela que mate la literatura pomposa y seria. Jugar a decirlo todo desde el principio, con otros lenguajes de los que, al igual que el poeta Hofmannsthal, él tampoco conocía ni una sola palabra. Rayuela nace esa misma noche en la que el hombre Cortázar renunció a encontrarle a su existencia una certeza metafísica. Por eso, la auténtica literatura es asunto de descreídos y nunca de militantes.

Casilla 5: Cortázar es los otros: cada uno de sus personajes es un pasadizo oculto de su inconsciente que se muestra a la luz del mundo. La Maga es el arquero Zen: el descubrimiento del budismo, la ilusión del yo, la vacuidad, el lenguaje del silencio, el rechazo a la dialéctica, el zambullirse en la vida misma sin los flotadores existenciales de los prejuicios o de las esperanzas.
Oliveira es el flaneur en las calles del París de Baudelaire, el "matador de brújulas" que sabe que la ciudad luz es una metáfora de su propia angustia: Cada esquina, cada barrio, cada avenida es el mapa incompleto del sentido oculto de su propia vida. Oliveira es Cortázar antes de renunciar a la ilusión de las certezas metafísicas, un ateo que mientras niega la existencia de un Dios, se arrodilla a pedir perdón por lo que no comprende.

Casilla 6: Le llega a Cortázar la fama literaria universal. Incluso, mientras todavía cree que: "No me hago la ilusión de que podré lograr algo trascendental".

Casilla 7: Cortázar sigue creciendo. Pero esto no es una metáfora sino un signo de reactivación de su antigua enfermedad: la acromegalia. A su vida y a su obra las impregna la nostalgia, esa nostalgia del tiempo perdido que había descrito enRayuela, cuando le hizo decir a Oliveira que: "Después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás".

Casilla 8: Julio y su novia Carol se contaminan por una transfusión de sangre a comienzos de los años ochenta. A los cuatro años ambos estaban muertos.

Casilla 9: Cada vez que leemos a Cortázar sabemos de su inmortalidad y recordamos sus palabras: "Cuando se ha salido de la infancia... se olvida que para llegar al cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato".

Casilla 10: Esta casilla es el cielo. Pero como dijo muy bien Wittgenstein: "De lo que no se puede hablar es mejor guardar silencio".

Extracto de: Elogio de la profundidad por Orlando Mejía-Rivera
Fuente: Revista ALEPH Febrero 2007

“Los textos de Cortázar son máquinas de pensar”

Me he encontrado en Pagina|12 un análisis interesante sobre los rasgos estilísticos de Julio Cortázar contrastándolo con Jorge Luis Borges a cargo de la escritora Luisa Valenzuela.

Les dejo a continuación el mismo:
Cortázar era un ser extraordinario, de una calidez humana muy profunda. Se interesaba mucho por los escritores jóvenes; en ese sentido era lo contrario de Borges, que dijo que a los jóvenes poetas había que disuadirlos”, dice Luisa Valenzuela a pocas horas de partir hacia México, donde participará del coloquio sobre el escritor organizado por la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar, de la Universidad de Guadalajara. “Yo creo que cuando Carlos Fuentes y García Márquez decidieron donar sus premios nacionales para hacer una cátedra, lo eligieron a él por la calidad de su obra y porque tenían una enorme devoción por su nobleza: Cortázar se sacrificó mucho por las causas en las que creía”, agrega la escritora, en referencia al apoyo del autor de Rayuela a las revoluciones en Cuba y Nicaragua.
No será aquél el único contraste que aparezca en la entrevista en torno de Borges y Cortázar, a quienes Valenzuela considera “nuestros dos grandes polos, los dos grandes escritores argentinos”. Luego de evocar un congreso en La Habana en los años ‘60, en el que José Lezama Lima destacaba el carácter “latinoamericano, argentino y porteño” de la prosa de Cortázar, Valenzuela subraya que quizás Borges sea mucho más universal porque su obra se nutre de raíces literarias muy diversas. “Cortázar es más difícil de traducir, porque está lleno de regionalismos; como trabaja desde dentro del lenguaje, es difícil también dar una idea cabal de lo que él puede decir en algunos idiomas que no funcionan con una gramática latina. Pero hay una gran fascinación por su obra: yo conozco gente en México que recita páginas enteras de Rayuela de memoria. En toda América latina es un escritor sumamente amado. Su obra tiene plena vigencia. Y otra cosa: aun los que se limitan a apreciar lo de los cronopios y los famas, que es lo más fácil, también entran en sus mecanismos de textos como máquinas de pensar, máquinas que generan otras ideas y son estímulos de pensamiento. De alguna manera, Borges, a quien admiro profundamente, es tan preciso, perfecto, clausurante, que ahí no entra nada más. Mientras Borges es totalmente centrípeto, Cortázar, en cambio, es totalmente centrífugo: en él entra todo, y uno se puede sentir hermanado con ese espacio que él abre a los demás.”
–¿En qué basará su exposición en Guadalajara?
–Voy a proponer que se lo considere a Cortázar como el eximio y excelso “payaso sagrado”. En algunas culturas indígenas, sobre todo en América del Norte, los payasos sagrados son los personajes que pueden romper la sacralidad, los rituales, y son aún más considerados y respetados que los mismos representantes de los dioses, porque son los que entienden el mundo del más allá y el del más acá. Son los que entienden el lenguaje, del otro lado del mundo y de éste. Y yo creo que Cortázar era el epítome en ese sentido, porque él siempre estaba tratando de empujar el límite, de ver qué había del otro lado, de ver cómo la muerte estaba presente en la vida. Su mundo no era de dicotomías, y para él todo, de alguna manera, estaba imbricado.
–Y esto se relacionaría, también, con la pasión de Cortázar con lo lúdico, un rasgo saliente de su obra.
–Claro: el payaso sagrado es lúdico en serio. Cortázar decía que derivaba de la patafísica, cuyo principal precepto es no tomarse lo serio en serio. El trabajaba con temas de enorme seriedad y de golpe abría este juego. Porque creía que el juego abre la puerta para avizorar cosas que no pueden comprenderse de otra manera. Cortázar decía que de chico había sido muy serio, muy adulto; y de adulto, a la hora de escribir, utilizó mucho aquella mirada “seria” de niño que veía con ojos siempre nuevos, renovados.
–Cuando Cortázar empezó a incluir en sus ficciones temáticas políticas, ¿qué pasó con esta intención lúdica?
–Yo creo que se metió en política por un profundo amor a la humanidad; en un momento dado entendió que tenía que jugarse. Venía de una clase literaria argentina, casi diría que liderada por Borges, que decía que no se podía pensar una novela comprometida, que el compromiso político de alguna manera estropeaba la literatura. Cortázar comprendió que eso no necesariamente es así. Por mucho tiempo intentó mantener ambas cosas separadas; yo creo que fue cuando mejor escribió. Y creo que escribe sus cosas más flojas cuando intenta mezclarlo, como en Libro de Manuel, pero ahí también hay tramos magistrales. Su sueño era poder imbricar ese mundo de la pura poesía, de la pura literatura, con la visión política. Yo creo que es factible y que lo hizo cuando no quiso hacerlo, primero jugando con Fantomas y los vampiros transnacionales, pero también en ese cuento maravilloso que habla de Laura Bonaparte...
–Recortes de prensa.
–Ese cuento es bellísimo. Y también lo hizo en otros cuentos, como Graffiti. Poco antes de morir, Cortázar me contó un sueño: le entregaban un libro impreso en el que veía, por fin, que había podido aunar esos dos mundos, el de sus creencias políticas y el del arte. Un libro perfecto, impecable, que estaba hecho de figuras geométricas, no de palabras. El quería volver a la literatura pura, pero se sentía en la obligación, cuando le pedían un texto para cualquier revista, de escribir sobre política.
–¿Qué destaca entre su obra?
–Sus cuentos, en general, son extraordinarios. Rayuela fue un deslumbramiento: lo leí de una manera y lo volví a leer de otra, y no quería abandonar nunca ese universo tan complejo, tan magistralmente narrado. Pero el libro que más me gusta es 62: modelo para armar. Ahí está de nuevo lo que no puede ser dicho, ese momento que toca lo inefable con la ciudad, los sueños que comparten sus personajes.
–¿Influye, hoy, su obra?
–En su momento, Rayuela debe haber tenido millones de imitadores. Pero ahora no, no creo. Sus textos son muy inquietantes. En general los escritores de acá tratan de encontrar respuestas, o argumentos tranquilizadores, aunque se cuenten cosas aterradoras: de alguna manera, quizás un poco maniquea, los malos van en un lugar y los buenos en otro. En Cortázar no existe ese maniqueísmo: sus mundos, como dije antes, están imbricados, y eso despierta inquietud. Es lo que me interesa.